I. Ciriaco Ufnau
Sos del Rey Católico es una pequeña y tranquila villa medieval en el norte de España.
Allí ejercía de párroco el Padre Ciriaco Ufnau, muy querido por la feligresía.
Una rara virtud en un cura era que no pedía limosna. Pese a lo cual, mantenía el antiguo e importante patrimonio de la parroquia con poco deterioro.
Los aldeanos veían en su párroco a un hombre piadoso y autosuficiente. Mantener aquellos monumentos históricos daba trabajo a algunos aldeanos, a la par que beneficiaba la economía local con la afluencia de turistas.
De su bolsillo pagaba la eterna restauración de la magnífica Iglesia de San Esteban y las de la cripta de la Virgen del Perdón, a quien profesaba gran devoción. Por lo que era frecuente verle haciendo pequeños arreglos, sobre todo de las maderas, pues el mismo párroco había montado un pequeño taller de carpintería en la casa parroquial.
—La Virgen me ha encomendado que expíe mis pecados, manteniendo su casa en condiciones —decía a sus fieles. Y bromeaba—: si un día le da por aparecer, que nos coja confesados.
Además de asumir el mantenimiento de los edificios sacros y de los parroquiales, el Padre sostenía lo que él llamaba Mercadillo de la Misericordia, donde cualquier menesteroso del pueblo podía ir y pedir ropa o comida.
Tan popular se había hecho que venían pobres de otras parroquias cercanas.
En un pueblo con pocos habitantes todos se conocen, pero el buen cura no tenía corazón para negar auxilio a nadie. Y repartía lo que tenía, hasta que se acababa.
Un solo defecto tenía el párroco: que fomentaba las creencias y supersticiones de los aldeanos.
Esta peculiaridad fue la que ocasionó que llegara al Obispo una denuncia de la alcaldesa de la villa, que era una mujer marxista, acusándolo de promover la hechicería y el espiritismo. La alcaldesa creía que el cura estaba precipitando a los inocentes pueblerinos al oscurantismo y a la ignorancia. «Cegándolos a la ciencia y a la razón», decía literalmente.
II. El inquisidor
El Obispo de Jaca sostenía en sus manos una misiva con el membrete del Ayuntamiento de Sos. Frente a él estaba sentado un cura maduro, de estatura media, contextura enjuta y cara de intelectual rancio, que pertenecía a la Compañía de Jesús.
—Tengo una denuncia del Ayuntamiento de Sos del Rey Católico que no puedo ignorar —dijo el Obispo—. Denuncian al párroco por fomentar el ocultismo. Lo encuentro perturbador. No sé si serán exageraciones anticlericales de la alcaldesa, o si el buen párroco aprovecha las supersticiones, tan frecuentes por esos lares, para infundir en sus fieles un sano temor de Dios y alejarlos de la tentación de pecar, manipulando su natural miedo a las ánimas de los muertos...
—El lema de esta diócesis es Ut vitam habeant. Claro que la muerte es la otra cara de la vida, pero no es cuestión de rendirle culto.
—Mala consejera es la superstición —confirmó el jesuita.
—Le encargo a usted, Padre Ignacio, como exorcista y demonólogo, que vaya a Sos e inicie un proceso inquisitorial. Le diremos al párroco que va usted de vacaciones a convalecer de una neumonía... Vaya con cuidado, porque el párroco es una persona muy querida por sus feligreses.
—¿Qué tipo de prácticas ocultistas se denuncian? —preguntó el Padre Ignacio.
—Apostasía, nigromancia, hechizos y sacrilegio —dijo el Obispo—. Probablemente será todo un infundio basado en la ignorancia rural o en la ideología roja, anticlerical. Usted me lo dirá.
III. Sos del Rey Católico
El Padre Ignacio llegó tarde a Sos. Estaba anocheciendo. Un viejo sentado en un banco le mostró el camino hacia la casa parroquial. Con una aldaba de bronce que colgaba de las fauces de un dragón, golpeó en la pesada puerta de pino, tachonada de clavos de forja. Una mujer anciana salió y le cogió el paraguas y la pequeña maleta.
—Pase, pase. El Padre lo está esperando.
Entró mirando la casa. —Poco habría cambiado su piedra desnuda desde el medievo, pensó el Padre Ignacio, escudriñando bóvedas y columnas maravillándose de la rusticidad. Todo era tan grueso, tan brutalista.
En una salita con un hogar, que servía como cocina baja, estaba el Padre Ciriaco encorvado, frente a la lumbre en uno de los dos rígidos bancos que flanqueaban la chimenea.
—Pasa, hijo mío. Bienvenido a nuestra humilde casa.
Al día siguiente lo despertaron las campanas llamando a misa. La voz del Padre Ciriaco tenía una rítmica y monótona entonación.
—Clementísima Virgen del Perdón, piadosísimo consuelo de los tristes, encomendamos a tu hijo las almas de vivos y las ánimas...
—R/. Amén.
—Santos que moristeis con dolor.
—R/. Rogad por nosotros.
Era la de Maitines; en abril, en Sos, es noche cerrada. El ambiente en la Santa Misa de San Esteban era tétrico, algo cultivado con esmero por el Padre Ciriaco, cuyo tema favorito eran los muertos y los aparecidos.
—Del demonio y su séquito.
—R/. Líbrame, Señor.
—De las almas en pena del infierno.
—R/. Líbrame, Señor.
Después de terminado el oficio, los fieles desfilaban frente a una tosca pila del siglo VIII. —¡Dios! La misa de Maitines de Sos es toda una revelación, —pensó el Padre Ignacio. No veo ninguna falta en el viejo párroco, quizá se revuelca en el demonio con más regodeo del necesario, pero es impresionante.
Así que el Padre Ignacio elaboró una encuesta entre la gente del pueblo. Sus preguntas versaban sobre experiencias sobrenaturales: apariciones, psicofonías y fenómenos inexplicables. El Padre Ignacio, con método jesuítico, anotaba sus conclusiones: Un 35% había experimentado visiones sobrehumanas o divinas, un 15% había experimentado episodios milagrosos. Un 65% había experimentado olores a los que atribuían una procedencia sobrenatural. —No era frecuente. ¿Por qué tantos episodios de olores frente a tan pocas visiones?
En esas cavilaciones estaba entretenido subiendo la cuesta adoquinada cuando un extraño olor le golpeó. Era un aroma inconfundible a sándalo, a rosas, pero también al olor dulzón de un tanatorio...
V. Sospechas
Decidió investigar más a fondo las actividades del párroco. Revisó la carpintería. El Padre Ciriaco le mostró relicarios taraceados hechos con maderas viejas. «Hago relicarios —dijo—. Mire qué cajita... en esta urna meteré una reliquia del milagrosísimo San Teodosio de Tarnovo que pronto ha de llegarme por correo.»
Era sábado; en el Santo Sábado, la Iglesia Católica conmemora el día que Jesús pasó en el sepulcro y su descenso a los infiernos. Ese día el Padre abría lo que él llamaba "el Mercadillo Solidario", un batiburrillo de objetos donados en una sola mesa precaria, pero sobre todo el puesto de comida. El Padre Ciriaco, en persona, con un delantal manchado de sangre, troceaba medio cerdo, hermoso, que colgaba de un gancho de carnicero y lo dividía en trozos más pequeños con certeros golpes de hachuela sobre un grueso tocón a modo de mesa. —De dónde saca el cura para regalar comida y además mantener el patrimonio, en estos ambientes rurales, lo sé por experiencia, las aportaciones voluntarias de la feligresía son pocas, la colecta del cepillo en misa suele ser magra. El Padre Ignacio no encontraba explicación, ese tema lo mantenía pensativo.
En la mesa del mercadillo había algunos zapatos, bolsos, perchas con ropa, maletas y otros objetos, con unos precios muy baratos, pero la gente se concentraba en la cola frente a la mesa donde el Padre Ciriaco repartía la comida.
El Padre Ignacio no quiso molestar al ocupado párroco y andando se encaminó al bar, para alternar con los aldeanos. —"In vino veritas" —pensó Ignacio.
Allí se enteró de que el párroco viajaba poco. También averiguó que ningún forastero venía al pueblo a visitar al párroco, aparte de los turistas que naturalmente iban en legión a ver los edificios sacros y unos pocos a confesarse o a misa.
Al Padre Ignacio le intrigaba el origen del dinero. Sabía que la Diputación destinaba algunos fondos (3-4 millones) a la restauración de templos.
Calculó que a San Esteban podrían llegar algunas remesas, año sí, año no, de 40-50 mil euros, cantidad claramente insuficiente para atender el deterioro normal de un templo como aquel. Solo las medidas de contención del deterioro ya consumirían ese exiguo presupuesto.
Por otra parte, la venta de relicarios no parecía una fuente de dinero muy abundante ¿o sí? ¿Cuánto sacaría el Padre con sus relicarios y cuántos vendería al año?
Ignacio escudriñó todos los locales que usaba el cura.
Armado con unos planos del templo que se había agenciado en "Información y Turismo", revisó los edificios por dentro y por fuera. Ventanas, puertas, escaleras. Todo estaba en orden. Los utensilios y objetos eran los normales. En la sacristía, aparte de los objetos dedicados a la liturgia, le llamó la atención una curiosa máquina, adaptada por el Padre Ciriaco a partir de una máquina de encorchar, que servía para troquelar y estampar hostias. Había dos troqueles distintos de madera tallados a mano: uno con el símbolo Pax Bobiscum y otro con una cruz románica grabada. El de Pax Bobiscum se usaba mucho en las hostias industriales, pero el de la cruz lo encontró muy original, pues recordaba la época y estilo del templo.
Pero —¿por qué perdía el tiempo haciendo hostias si eran una cosa tan barata y fácil de conseguir?. Y —¿por qué dos troqueles?.
Pero no le dio más vueltas y siguió centrado en buscar pasadizos o locales ocultos que no se correspondieran con los planos o algún sitio donde el exterior revelara discrepancias con el interior, pero, por más que buscó, no encontró nada raro.
Le faltaba visitar la antigua bodega de vino. Felisa, el ama de llaves, le había dicho que no se hacía vino desde hacía muchos años y que ahora la usaban de trastero. Estaba en el corral, al lado del establo.
El Padre Ignacio se asomó por la trampera que antiguamente se usaba para echar la uva al lagar. Y alcanzó a ver sobre el lagar medio cerdo colgando, cubierto con una arpillera. Debajo, una oscura mancha de sangre en el cemento. La bodega era grande —tendría que explorarla con calma —se dijo a sí mismo.
Esa noche, con una lima, se hizo una copia de las llaves de la bodega y al día siguiente entró.
Había una fresquera verde con una malla de mosquitero tras la cual se veían unos quesos y trozos de tocino; colgando, además del medio animal que había visto la víspera, colgaban un par de jamones, ristras de ajos, de tomates y pimientos secos. En otras paredes del local había unas estanterías con saquitos y frascos de harina, arroz y otros granos, en el suelo grandes sacos, fardos de pienso para ganado, una enorme barrica de vino, vacía a la sazón, y un aljibe que tenía una tapa de madera, sellada con cera. Olía fuerte, no podía precisar a qué: ¿a alcohol, vinagre, formol, amoniaco, lejía...?.
Pensó que serían conservas de aceitunas o pepinillos, pero no lo abrió porque era difícil sellarlo de nuevo.
Repasó los resultados de su concienzuda investigación.
No encontraba explicación lógica a los fenómenos sobrenaturales que los aldeanos le relataban y al olor que él mismo había experimentado la víspera.
La procedencia de los fondos tampoco la veía del todo clara. —¿De dónde salía el dinero para restauraciones y limosnas? —No cuadraban los ingresos que conocía con los abultados egresos que suponía.
El resto era normal. Pero decidió convertirse en la sombra del Padre Ciriaco a ver si podía despejar esas dudas para dar por cerrado el proceso inquisitorial que le haría ganar puntos con Monseñor, aunque cada vez tenía menos prisa por irse. En aquel pueblo se vivía muy bien: gente acogedora, buena pitanza, mucha tranquilidad, aire limpio... qué distinto a su celda en la Universidad Pontificia Comillas y del trajín del centro de Madrid.
V. La Obra
Esa mañana, en su homilía en San Esteban, el Padre había hablado sobre muerte, por supuesto, y también sobre olores. Al parecer era consciente de los fenómenos relatados por los aldeanos y procuraba darles contexto dentro de la Iglesia.
Dijo Jesús: —Quitad la piedra—. Marta le dijo— Señor, hiede ya, porque murió hace cuatro días—. Jesús respondió— ¿No te he dicho que si crees, la muerte se hará vida?—. Entonces quitaron la piedra de la tumba." (Juan 11:38-41)
—R/. Palabra de Dios—. Respondieron los fieles santiguándose apresuradamente y con temor, como siempre que el cura mencionaba la muerte.
Era la tercia y el Padre Ignacio acompañó gustoso al párroco a la oficina de correos que a la vez era estanco. Siempre le había gustado el olor del estanco. Allí olía a maderas, a tabaco, a esencias...
Dos jóvenes que habían asistido a misa abordaron al párroco.
—¿Qué significa lo del olor que ha dicho usted en misa, padre? En mi casa, alguna vez hemos olido a tabaco a eso de las 3 de la madrugada y ninguno fumamos. Mi madre dice que es mi abuelo que vela.
—Yo he olido a flores frescas también —dijo el otro—. Vivo al lado de la cripta de la Virgen, pero flores no podían ser, porque estábamos en invierno.
—Olor a vela o incienso en casa, fantasma que te ronda —sentenció el párroco contestando a ambos. —Son apariciones sanas, mientras no huela a azufre... —agregó el Padre Ciriaco riendo—. Señal de que alguien, allí arriba, os cuida.
La dependienta del estanco le entregó un paquete.
—Tome. Ya le ha llegado otro —dijo Tomasa, encargada de la oficina de correos y estanquera, entregándole un sobre.
El párroco, justificándose delante de los asistentes, dijo:
—Me envían reliquias hermanos religiosos y también algunos seglares que tienen a bien colaborar con nuestra parroquia y con la santísima Virgen del Perdón.
—Alabada sea —corearon los mozos.
—Yo, modestamente, documento la reliquia, le compro un digno receptáculo como estos que me mandan o los fabrico, si Dios me da tiempo, para que la reliquia pueda ser venerada por los creyentes que las adquieren y así auspician nuestra iglesia.
—¡Cristo del látigo! —exclamó Tomasa poniendo sus brazos en jarra—. Pues va a resultar que vende usted más que yo.
—¡María purísima!, ¡qué lengua! —dijo el prelado santiguándose—. Vendo el fruto de mis desvelos, sí, pero es poca cosa, hija, un dinerillo de nada, que se gasta en seguida. No me compares con los mercaderes del templo, por Dios.
Para no dar pie a habladurías, el cura abrió el sobre, como aquel que nada tiene que ocultar. Era un relicario vacío de plata con bonitos repujados barrocos.
—¡Qué bonito! —dijo Tomasa intentando coger la caja.
—¡Quieta!, mujer, que está consagrada y no la han de profanar tus manos de pecadora —terció el cura guardándola rápidamente—. Id con Dios —dijo despidiéndose de los tres y haciendo la señal de la cruz con su mano. El Padre Ignacio lo siguió.
VI. eBay Revelado
Al día siguiente, asegurándose de estar solo, el Inquisidor encendió el ordenador de la casa parroquial.
Hizo login en eBay; el password y la contraseña del Padre Ciriaco se rellenaron automáticamente. No era muy cuidadoso.
Solo tuvo que entrar en su cuenta y lo que vio lo dejó de una pieza.
El Padre Ciriaco, con el alias de “AntiqueSacrus”, tenía unos ingresos de unos 3 mil euros al mes vendiendo uno o dos relicarios que contenían supuestas reliquias de cuerpos santos.
Era imposible que le regalaran tantas reliquias. Esos objetos sacros eran muy escasos.
¿No sería que el impío cura había desenterrado a los monjes que se decía estaban bajo el templo de San Esteban y los estaba vendiendo a trozos, profanando el nombre de los verdaderos santos? Pero desechó la idea, pues había examinado las lápidas del suelo y los nichos y ninguno parecía manipulado.
Pero eso no era todo. Haciendo una búsqueda más cuidadosa en el ordenador, encontró un documento que tenía otros veinte usuarios en eBay, cada uno con su propia cuenta en PayPal (todas con la misma contraseña).
Entró en un par de cuentas y la mayoría tenían ingresos similares. Eran pequeñas cantidades. Una prudente y repartida actividad que el Ministerio de Hacienda no se molestaría en investigar. Y menos aún si esos contribuyentes ingresaban ese dinero en España, desde su cuenta de PayPal, como donación, a una cuenta de la Iglesia.
Eran unos ingresos de trescientos mil a un millón de euros al año, imposibles de rastrear. —Un negocio cojonudo —pensó Ignacio, sintiendo despertar su nervio de mercader jesuita.
Recordó que los objetos del Mercadillo Solidario eran los que un viajero llevaría en su maleta. No había enseres ni objetos caseros ni aperos agrícolas, que eran los que hubiera esperado encontrar como donaciones en un pueblo; solo kits de aseo personal para viaje, reproductores y radios portátiles o un eReader. Lo cual, entonces no le pareció extraño.
Pero ahora un violento escalofrío le recorrió el cuerpo.
Le vino a la mente la imagen del párroco partiendo el cerdo con la hachuela y el delantal manchado de sangre.
VII. Taller en la Catacumba
El párroco bajaba con frecuencia a la bodega cuando Felisa le pedía que le subiera algo. El Padre Ignacio observó que cuando subía tenía una mancha verde longitudinal en la manga de la sotana. Recordó la fresquera con la puerta verde. Y entonces estuvo seguro de que en el techo del mueble había algo que el fraile cogía.
Decidió verificarlo. Y antes de la hora en que solía bajar, se escondió tras un saco en la bodega, desde donde podía ver la fresquera.
El Padre Ciriaco entró y se dirigió directamente al pequeño armario verde. Extendió el brazo y movió algo, ¿una palanca?, en la parte de arriba del mueble. Abrió empujando la trasera de la fresquera, que giró con quesos y todo hacia el interior, dejando paso a un pasaje oculto.
El Padre Ignacio lo siguió, se asomó a la oscuridad y bajó a tientas unas escaleras de piedra. Al final se llegaba a una larga cueva. Al fondo se veía la débil luz de una vela. Prosiguió, oculto por la oscuridad.
Con la vela que llevaba en la mano, el párroco encendió otras tres en un candelabro de pared. Entonces comprendió que estaba en las catacumbas de San Esteban de Sos del Rey Católico, nunca fotografiadas. Vio una mesa-taller con herramientas colgadas de la pared, estanterías con frascos y también con una colección de relicarios; en la pared opuesta, los nichos de los frailes enterrados allí. La catacumba no aparecía en ningún plano y el párroco había disimulado la entrada con la fresquera.
Un líquido viscoso y oscuro caía de la repisa de piedra de uno de los dos nichos abiertos; había otros cinco tapiados.
—Tengo que traer más serrín —dijo el Padre Ciriaco, hablando en voz alta—. Nunca es suficiente serrín. Este está tardando en secar más que de costumbre. He tenido que gastar toneladas de incienso para tapar el tufo. Y si lo tapio, tardaría años en momificar —dijo, aportando más virutas de madera al líquido que salía del nicho—. Es este puñetero clima, tan húmedo.
El origen del olor dulzón se había revelado.
La sombra de un hacha se proyectó sobre la bóveda de piedra y se oyó un golpe. El párroco separó la mano de una momia y la sostuvo en la suya, satisfecho.
Luego colocó la mano en un tornillo de carpintero y con un alicate arrancaba los dedos uno a uno. El buen párroco prosiguió diligentemente su trabajo con la mano seccionada y los miraba y los repasaba con el alicate, hasta que cupieron a su gusto en las cajitas que allí tenía. Las reliquias no deberían mostrar huellas de filos o sierras cortantes, no sería creíble; el arrancarlos era un buen detalle estético que les aportaba credibilidad.
Y miraba la reliquia a través del cristal del relicario ladeando la cabeza.
Complacido con su labor, se la metió al bolsillo y, mirando al nicho vacío, dijo: —¡Ala!, ya hay sitio para un inquilino nuevo. —Y salió de la catacumba hacia la bodega, pasando al lado del Padre Ignacio, que se acurrucó más aún en su escondite.
Cuando el párroco hubo salido, el Padre Ignacio subió las escaleras y salió a la bodega a través de la fresquera.
En la casa parroquial, el párroco se sentó en su buró. El exorcista se escondió en las sombras de una alcoba anexa.
—Perfecto —dijo el Padre Ciriaco ante su portátil—. Ahora la ficha. Cuanto mejor la historia, más precio pagarán.
—Milagroso relicario del SXIII. —Consultó en Internet y corrigió.
—No. A ver... Milagroso relicario del SXII. Contiene 2 uñas con yemas de los dedos incorruptos de San Ubaldo. Proviene de Gub...bio, con dos bes —dijo. —Italia —agregó.
—El relicario es de caja de tracería, probablemente del SXVII —continuó. (Hecha por mí ayer). Rió—. Con Certificado de Autenticidad e inscrito en el Registro Oficial de Reliquias del Corregimiento de Madrid. —¡Dios está en los detalles! —dijo gozoso—. Esto siempre añade autenticidad. ¡Rediós, soy la hostia!.
Satisfecho, terminó de editar el aviso en eBay.
—Subasta sin reserva —seleccionó en la pantalla de su Macbook.
—Ya está publicada en "Arte y Antigüedades: Artículos religiosos" en eBay.es.
—Ahora vamos con eBay.com... Collectibles / Religion y Spirituality / Christianity / Relics – Leyó.
—SXII. Holy reliquary with 2 nails and fingertips. Uncorrupt San Ubaldo's fingers. Provenance Gubbio, Italy...
VIII. Llegando a la verdad
Esa misma noche el Padre Ignacio instruyó por WhatsApp a su becario en Madrid para que pujara por el relicario en eBay, y enviara, de forma urgente, los restos a un antropólogo de la Universidad para su datación. A los 14 días llegaron los resultados del Laboratorio de Radiocarbono. Los restos eran contemporáneos. El jesuita anotó mentalmente: —Si yo lo hiciera, aplicaría resinas y betún antiguos. He leído que hay un proceso de momificación fraudulento: impregnar los tejidos o vendajes con betún de Judea o resinas fósiles; si los químicos protectores penetran en la estructura celular de la muestra, se diluye el carbono 14 del tejido moderno, desplazando la aguja del reloj atómico miles de años hacia el pasado.
El jesuita se propuso documentar en detalle el "modus operandi" del párroco.
Lo vio entrar en la cripta de la Virgen del Perdón y encender el pebetero de incienso, luego entrar por la puerta de la sacristía. Allí el Padre Ciriaco elaboró pasta de oblea y troqueló algunas hostias.
Cambiando el diseño del troquel, dijo: —Ahora la oblea del pasaporte. A ver... arsénico —dijo abriendo un bote de polvo amarillo—. No mucho, para que no huelan a ajo ni se vean amarillentas.
—Antes de dormir el sueño de los justos, es mejor que duerman el de los vivos —dijo, añadiendo también belladona a la mezcla. Piadosamente, la belladona dormía a las víctimas antes de que el arsénico hiciera efecto.
—No creo que Dios me lo tome a mal. Ni que los difuntos se quejen —razonó el párroco para sí mismo—. Se los mando recién comulgados. Seguro que van directos al cielo. No se me ocurre una forma mejor de morir. Además, sus cuerpos colaboran a sostener la obra. ¿Para qué los iban a querer, después de muertos? Je, je —rió socarronamente.
El Padre Ignacio observó que ese día había asistido a misa un forastero solitario.
Cuando salió, averiguó que era un señor de Barcelona, un viajante que vendía telas por los pueblos.
Más interesado en saber cómo se las arreglaba el párroco que en evitar el crimen, el Padre Ignacio quedó atento al trasiego del Padre Ciriaco.
Lo vio marchar a por la burra y partir cuesta abajo. Lo siguió a prudente distancia.
El párroco llegó hasta las afueras del pueblo y lo vio detenerse, junto al viajante de telas, disimulando. Estaba sentado en la parada del bus, como dormido. El Padre Ciriaco, con inusitada agilidad para su edad, cargó el cuerpo en la burra con su equipaje, tapándolo con arpillera.
Se dirigió al corral donde estaba la entrada a la bodega, hizo que cuerpo y maleta cayeran por la trampera con un ruido sordo hasta el lagar.
Después de dejar a la burra estabulada con agua fresca y pienso nuevo, se fue a desayunar él, y solo después de llenar la tripa, bajó a la bodega, encendiendo unas varas de incienso hindú de rosas y sándalo.
Se inclinó sobre el cuerpo de la víctima, sacó las tripas con un cuchillo y luego con un hacha grande, sin mucho miramiento, pero con golpes contundentes, hizo siete pedazos: cabeza, brazos, piernas y el torso, que dividió en dos. —Así toma mejor —dijo en voz alta.
Destapó el aljibe, que soltó un olor inconfundible a formol, echó los trozos y puso la tapa de madera, la selló de nuevo con cera de abeja, derritiéndola previamente en un pequeño hornillo de camping gas.
Encendió más varas de incienso y salió.
Al tercer día bajó, limpió el nicho vacío y fue bajando y colocando las partes del viajante, curadas ya en formol, reconstruyendo de nuevo el cuerpo sobre una cama de serrín. Tal parecía que aún estuviera entero. Luego lo tapó paleando una capa de serrín nuevo, alternándolo con capas de tierra arenosa.
—¡Ala. Aviado! Este para Reyes del año que viene estará bien sequico. Listo para rebautizarlo como reliquias de santo —dijo.
—Buena dosis ha tragado usted, señor viajante —dijo al cadáver bajo el montón de cobertura—. Ya verás lo bien que secas: entre el arsénico, el frío de la cama y la sequedad del ambiente de montaña, quedarás más seco que una mojama.
—Que San Esteban lo tenga en su gloria —dijo, haciéndole una señal de la cruz con la mano.
—Y estos orgánicos con serrín y tierra arenosa van de perlas para el compostero. Abono del mejor —aseguró recogiendo en un saco el montón viejo que había sacado del nicho.
IX. Judas
Ya con demasiadas pruebas acumuladas, el Padre Ignacio empezó a preparar un escrupuloso informe para enviarlo al Obispo. Y lo dejó encima de la fresquera de la bodega, donde sabía que el párroco lo encontraría.
—El señor de Barcelona está empeñado en apestar con sus miasmas —dijo Ciriaco—. Tendré más gastos de los habituales. ¿Qué se le va a hacer? Quemaré incienso del fuerte a la tercia, a la sexta y a la nona, que son las horas en que la gente ronda por ahí. Luego, en que lleguen las vísperas, quemaré incienso de rosas —se propuso.
Buscó el incienso fuerte en la sacristía, pero al no encontrarlo pensó que a lo mejor lo había guardado en el taller de la bodega, con el otro incienso. Encendió una vela y tocó encima de la fresquera, para entrar al taller, pero encontró algo extraño.
—¿Y estos papeles quién los ha puesto aquí? —dudó—. Yo no —se contestó a sí mismo. Y bajó una carpeta de cartón que ponía: "Informe para el Obispado de Jaca". "Investigación de denuncias en Sos". Eran unos 100 folios manuscritos con preciosa caligrafía monacal.
—Ah. Judas, más que Judas. ¿Te creías que no los iba a encontrar aquí, eh?
Puso la vela en la mesa del macabro taller, al lado de sus frascos, sacó las gafas y revisó apresuradamente el legajo. Había entrevistas al herrero, a la estanquera, al Sr. Felipe, el del granero de arriba... Al principio había un índice o resumen:
De las denuncias por apostasía: No probadas. Se aportan razonamientos en folios 3 y 36.
De las denuncias de hechizos: Infundadas. No se han podido verificar, más allá de rumores poco creíbles.
Nuevos cargos por profanación de sepulcros: Probados. Se aportan pruebas en folios 20 al 33.
Nuevos cargos por sacrilegio: Probados. Impostura de Santos y profanaciones. Ver folios del 25 al 35 inclusive.
Nuevos cargos por tráfico de órganos: Probados. Comercia con restos humanos, sacrílegamente atribuye a estos despojos una procedencia sagrada y les atribuye propiedades milagrosas.
Adicionalmente se encontraron pruebas de ingresos millonarios obtenidos con este comercio.
Existen pruebas de al menos 23 asesinatos, perpetrados por la persona del Padre Ciriaco Ufnau. Lista de nombres en folio 66.
No siguió leyendo. Cerró de golpe la carpeta. Con aquello le bastaba.
El informe era demoledor, las pruebas irrefutables.
El Padre Ciriaco salió y volvió a colocar el informe cuidadosamente sobre la fresquera, tal como lo había encontrado.
—Traidor —dijo entre dientes—. ¡Iscariote! Te daré yo la última comunión —y diligentemente se puso a fabricar una remesa de hostias envenenadas que troqueló con la cruz románica. «Mañana cuando las campanas llamen a misa de Maitines te vas a enterar... desleal, infiel, falso, traidor, felón, delator, hipócrita, más que hipócrita: yo dándole pitanza y cobijo y así me lo agradece».
Pero el inquisidor fue más astuto. Esa tarde sustituyó las hostias envenenadas por otras inocuas. A la mañana siguiente, el Padre Ciriaco le dio la comunión con las obleas de la cruz románica. El Padre Ignacio fingió un dolor de estómago y se retiró. El párroco, satisfecho, dio gracias al Altísimo.
Poco después, el Padre Ignacio bajó a la cripta secreta y esperó postrado sobre la mesa del taller frente a los nichos.
A la del Ángelus lo buscó Ciriaco en su habitación y no lo encontró.
—¿Dónde se habrá escondido Judas? —Lo buscó por todos lados hasta que al final se le ocurrió ir a la bodega.
—Allí habrá ido a buscar su informe —dijo. Entonces vio entreabierta la puerta de la fresquera, la que daba a la catacumba. —¿Ahí te has metido, eh? ¿A qué te has metido ahí? —se dijo Ciriaco.
Bajó las escaleras procurando no hacer ruido.
Al fondo de la catacumba se veía la débil luz de una vela.
—Ah, Judas —dijo—, ya no terminarás el informe. Rió.
Pero cuando cogió la carpeta, el Padre Ignacio se incorporó sorpresivamente y con la hachuela le seccionó la mano que sostenía la carpeta de un golpe seco.
—No lo terminaré si no quiero —le espetó Ignacio, sarcásticamente.
El Padre Ciriaco se miraba incrédulo el brazo sin la mano y su mano con la carpeta sobre la mesa.
—¿Y ahora qué? —le preguntó el Padre Ignacio.
—Ahora al nicho, me temo —respondió el párroco con voz ahogada.
—¿Cuántos demonios te habitan, Ciriaco? Seis, por lo menos —dijo el exorcista cortándole la otra mano, con la que el cura se sujetaba el muñón. Esta vez el golpe no fue tan certero y la mano quedó como un colgajo.
Ciriaco está atado a un aspa suplicando entre gritos que nadie oiría. El Padre Ignacio, con furia ritual, cortó su pie derecho, y alzando la sotana recitó:
"Exorcízo te, espíritu inmundo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, sé arrancado y ahuyentado de la Iglesia de Dios..." —Gritaba el jesuita, al tiempo que tiraba otra extremidad del Padre Ciriaco hacia las bóvedas de la vieja catacumba.
—Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo. Salid de este cuerpo, ¡bestias hediondas! Cristo cortará en pedazos a su siervo Ciriaco antes que permitir vuestro vicioso ultraje.
—¡Nooo! —gritaba el Padre Ciriaco, con cara de terror desdibujada por la luz de la vela.
—Exorcízo te, immundíssime spíritus... omnes phantásma... omnes legio... Santos profanados, sodomizados por el servidor de Satanás —gritaba el exorcista—. Escucha, pues, y tiembla de miedo, raíz de todo mal, fomentador de vicios, seductor de hombres, antiguo enemigo de la tierra, serpiente ponzoñosa, otra vez ante ti. Pero no rendido. Ciriaco. ¡Maldito! ¿Renuncias a Satanás?
—Renuncio, renuncio... —sollozaba Ciriaco.
—¿Y a todas sus repugnantes obras?
—Sí, renuncio, por favor... —repetía el párroco.
—Corto tu pie derecho para que Satanás no se pueda valer de él. —Chuk.
—Noooo. Por favor... Padre.
Y levantándole la sotana, alzó un cutter —"Ego interficiam in duo ova". Esto para que la bestia no se pueda reproducir con tu inocente cuerpo. —Shuiss —cortó—. El fruto, al caer en el suelo de piedra, se oyó un —¡blup!.
—¡AAAAjjh!...
El eco de los cortes y los alaridos quedó sepultado en la piedra centenaria.
X. Evolución
El Padre Ignacio toma el sol paseando por una terraza desde donde admira el paisaje de la montaña prepirenaica. Habla por su iPhone con el Obispo:
—Su Excelencia Reverendísima, me temo que el Padre Ciriaco leyó también el informe; no pude evitarlo, lo encontró, descubrió lo que le esperaba y ha huido; no creo que lo veamos más.
—Le ruego que se quede como vicario en Sos por un tiempo, sustituyendo al párroco. Y sobre todo, que nadie se entere de la historia; sería un escándalo que no nos merecemos.
—De acuerdo, Excelentísima. Aquí hay buen aire de montaña y trabajo no me faltará. No se preocupe, monseñor, el secreto me seguirá a la tumba —sonrió.
El Obispo colgó el teléfono y dijo: —El memo cree que no me doy cuenta de lo que ha hecho con el párroco— y sus palabras se amortiguaron entre las molduras de madera del Palacio Episcopal.
El Padre Ignacio era mucho más moderno que el viejo cura Ciriaco. Para deshidratarlo se había comprado en Amazon un Deshidratador Profesional de Alimentos de los que se usan para secar Biltong y Beef Jerky; convenientemente despiezado, lo que al Padre Ciriaco le costaba meses, al Padre Ignacio le costaba horas.
Una cosa conservó Ignacio de los métodos ciriaqueños: montó una platería como excusa para enviar las reliquias desde Aragón. Decía que las fabricaba él; en realidad las compraba en Amazon por docenas.
Pero venderlos era otra cosa. Sí, conservó las cuentas en eBay y PayPal del Padre Ciriaco, pero se expandió mucho más. Se había internacionalizado y, a diferencia de Ciriaco, que vendía en eBay.es y eBay.com, ahora explotaba la credulidad de pobladores del planeta con mayor tendencia a la superchería: creyentes contumaces como los polacos, o grandes mercados como el brasileño, con 180 millones de fieles cándidos, o el mercado mexicano con sus 111 millones, a los que paradójicamente compraba sus cajitas de plata y se las devolvía a precio de oro, gracias al valor añadido; pero sin duda, donde más vendía era en EE. UU.: aunque solo había 85 millones de fieles, eran los de mayor poder adquisitivo con tendencia al consumismo más disoluto.
Se montó varias páginas web y cuentas de correo alojadas en un servidor de Guyana Británica, en globexcamhost.com, un país sin extradición y con malas relaciones con España. Registró dominios .com para vender y .org para certificar.
Las tiendas online del jesuita no tenían parangón: ¿dónde si no podrías encontrar una falange con la uña intacta, un pabellón auricular completo, un retal de la capa del Rey Católico Fernando II de Aragón o un fragmento irreconocible, pero certificado, del Sanctum Praeputium de Calcata del mismísimo Jesucristo?.
El jesuita no perdía el tiempo con reliquias de tercer grado. Sus ofertas eran todas de primer grado: huesos (ex ossibus), ex sanguine (o en paños empapados en sangre, ex tela sanguinea), mechones ex pilis, fragmentos del cuerpo ex carne o ex corpore o ex cineribus si el santo o beato había sido incinerado.
Sus favoritos eran los mártires: una buena historia de tortura y sufrimiento despertaba la compasión de los compradores, que se tornaban más dispuestos a elevar el monto de su dispendio.
Incluía también algunas reliquias de segundo grado (objetos o tejidos que el santo, beato o mártir utilizó en vida: hábito, rosario, libros, etc.), siendo sus favoritos los instrumentos de su martirio o penitencia. Los católicos son muy dados al calvario y la expiación de culpa; siempre se sienten culpables de algo e Ignacio lo explotaba. Se vendían bien los Disciple o flagrum de disciplinantes como los de "Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra". También se vendían como pan caliente los cilicios o Cilice del Opus Dei, elevados a la fama hollywoodense por el Código Da Vinci.
Pero el Padre Ignacio no se limitaba a las santas reliquias: cualquier fragmento desprendido por "efecto del tiempo" del ábside de la Cripta (Santa María del Perdón) era aprovechado por el prelado para venderlo como objeto de devoción; si era rojo valía mucho más. A esos "desprendimientos" también ayudaba la voluntariedad premeditada del intencionado jesuita, apasionado dedicado a la obtención de astillas de imágenes románicas sacras o fracciones de piedra del acervo cultural de la Villa, fueran estas de la pila bautismal, piedras o tallas de un altar o incluso fragmentos de la fachada de la Iglesia de San Esteban.
El Padre Ignacio tenía una suscripción a la IA para que esta le ayudara con las historias de cada una de sus reliquias y las traducciones de su marketing. Nada vende como una buena historia, empezando por la biografía del santo o mártir, mejor cuanto más truculenta, cruel y siniestra, como la amputación de los pechos con unas tenazas de Santa Águeda de Catania, el apóstol San Bartolomé: despellejado vivo, sin olvidar a San Sebastián, a quien los pueblerinos de Sos conmemoran el 20 de enero con hogueras en cada barrio.
El Padre Ignacio había provisto a la iglesia del pueblo con un bonito detalle: una punta de flecha tallada en obsidiana que ahora reposaba en el altar mayor y daba pie a la venta por internet de otros fragmentos informes de obsidiana, respaldados e ilustrados con la reliquia de San Esteban aportada por su nuevo y diligente párroco.
El marketing por correo jugaba un papel esencial en las ventas: en las efemérides cristianas los envíos por mail-chimp se disparaban, asociando las reliquias en venta de un santo como San Sebastián con el nacimiento del Rey Católico el 10 de marzo, las hogueras de San Sebastián, la feria medieval, las fiestas de agosto en Sos, o las Pascuas de Valentuñana para Pentecostés.
Los cristianos no son muy estrictos con la autenticidad de las reliquias: basta decir que solo de San Juan Bautista hay más de 16 cráneos y cientos de dedos repartidos por distintas catedrales del mundo.
Cada reliquia iba acompañada de la Solicitud del consentimiento de la Congregación de las Causas de los Santos y la certificación y sello episcopal lacrado. El Obispo que lo firmaba era un Eparca de Lalibela.
Las reliquias son enviadas por DHL desde Zaragoza, Logroño u otras localidades cercanas por el monaguillo de Sos del Rey Católico o por algún piadoso pueblerino que le hacía el encargo a la Iglesia de San Esteban de Sos.
Este comercio proactivo proporcionaba pingües beneficios al prelado, que ascendían a varios millones al mes. Pero esta cornucopia de abundancia no pasó desapercibida al Obispo, más ladino que cualquier jesuita, que por algo era Obispo.
El prelado había aprovechado una visita a Sos para instalar un spyware rootkit que a su vez enmascaraba un malicioso RAT Troyano de Acceso Remoto, gracias al cual el Obispo desde su archidiócesis podía entrar en todas las cuentas de email, servidores y archivos críticos que el desprevenido y poco versado en ciberseguridad jesuita nunca llegó a sospechar que había sido violado.
El Obispo a su vez tenía mucha mano izquierda y jamás dejó entrever que conocía otros tejemanejes ni sus descomunales ingresos.
XI. Su Eminencia el Obispo
—Mi nunca bien ponderado Padre Ignacio —comenzaba la misiva del Obispo que el párroco encontró en su email esa mañana—. Sabedores de los ingresos pecuniarios de vuestra merced, nosotros creemos que bien podría desprenderse voluntariamente del 75% de su cuantiosa provisión, monto que nos es menester para atender caritativos asuntos de gran trascendencia en las 276 parroquias que amparamos.
Ignacio se quedó helado: su vida había llegado a ser cómoda y muelle, sin sobresaltos ni exigencias. Comía jamón de bellota a diario y se hacía importar el mejor marisco gallego para su mesa. No estaba dispuesto a poner en peligro su puesto de administrador parroquial y exponerse a que el jodido Obispo nombrase un nuevo párroco, relegándolo a él hacia algún oscuro destino, desde donde ya no podría gozar de su elevado nivel de vida actual.
Lo pensó mucho. Los jesuitas son expertos en negociar e Ignacio había desarrollado espolones en este menester.
—"Su Eminencia, tiene usted toda la razón. Dios le bendiga al solicitar mi beneplácito para contribuir al mejor sostenimiento de nuestra piadosa comunidad aragonesa, zaragozana y turolense. Si en algo le envidio es porque, como sucesor de los Apóstoles, difunde vuesa reverendísima de forma preclara el mensaje del Evangelio. Le ruego me dispense por proponerle sin embargo un porcentaje distinto al que su Excelencia recomienda, pues son muchas las necesidades de nuestra iglesia en lo que a su restauración, mantenimiento y conservación de los históricos elementos arquitectónicos y confesionales se refiere, sin olvidar los cuerpos de los santos enterrados en nuestra humilde casa. ¿Le parecería bien que le hiciéramos llegar anualmente un 35% de nuestros actuales ingresos? Gracias por entenderlo. De un humilde servidor que besa su pastoral anillo, a V. reverendísima. Excelencia."
Ignacio esperó la contestación del Obispo con el corazón en un puño; parecía que el alzacuellos le ahogaba. Pero no esperó mucho: recibió otro email que decía:
—65% mensual, no anual, y que no se hable más.
Ignacio se sintió relajado. —Felisa —gritó—, tráigame un cordial de jerez y unas puntillitas fritas, que "paice" que tengo rasca en el estómago.
—Enseguida, Reverendo Padre —se oyó decir a Felisa junto con un brusco ruido de cacharros en la cocina.
Parece que en Sos no se moría nadie; los legados testamentarios a favor de la Iglesia eran cada vez más raros. Pero el Padre Ignacio se las prometía tranquilas: su modus vivendi estaba a salvo, ahora con la complicidad y beneplácito del Obispo y la propia Roma.
Hasta los ángeles caídos gozaban de la magnanimidad del Señor en este corrupto planeta.