Ibixa La deseada
—Permítanme presentarme, yo, quien relata, tengo 35 años, soy Cassiel Biel nacido en 2965 y criado en la pequeña villa medieval aragonesa de Biel cuya memoria fundacional se ha perdido en el tiempo, pero que lo fue hace unos 7600 años; una parte significativa de la población a principios del siglo XV fue judía (la segunda más relevante de Zaragoza, primando la de Ejea de los Caballeros), por lo que no descarto tener parte o toda de aquella ascendencia.
En efecto Biel es algo más antiguo que mi actual residencia: la Isla de Ibiza cuyo primer asentamiento en Sa Caleta fue fundado en el 654 hace unos 3654 años y cayó en manos de la taifa de Dénia en la primera década del siglo XI, hasta que en 1235, donde la historia nos unió por vez primera, Ibiza fue reconquistada por nobles caballeros en nombre del Rey de la Corona de Aragón, Jaime I el Conquistador.
—Nada para dormir tranquilo y fresquito como Biel, mucho más atemperado que las rigurosas condiciones climáticas del resto de la provincia de Zaragoza, que los diletantes achacan al cambio climático y yo a la inevitable vecindad de los desérticos Monegros, que fueron bosques primordiales de pinos pero que los propios pinos y un uso humano irracional desertificaron y hoy hacen a Zaragoza de verano a verano un riguroso ambiente climático de Europa, demasiado frío en invierno, y en extremo caliente en verano.
—Ibixa, donde tengo el privilegio de vivir actualmente es uno de los sitios más difíciles del planeta para encontrar vivienda. Y más si es como la mía, en Can Rimbau a escasos pasos de las aguas turquesas de Cala Salada con vistas espectaculares. Una antigua casa ibicenca convertida en casa inteligente equipada acorde al siglo XXX que comienza.
Ibiza, pasó a llamarse Ibixa después del tsunami que arrasó la isla, poco antes del siglo XXX, y obligó a modernizarlo casi todo, excepto la vocación de la vieja Ibiza de ser el sancta sanctorum del lujo y el exceso.
—Soy un privilegiado hecho a mí mismo. Acerté estudiando arquitectura, matemáticas y programación de Self-awareness systems (SAS) en el ETH de Zúrich y tuve la suerte de ser contratado por Skylark Labs, una empresa indoamericana para quienes trabajo en remoto desde entonces y me pagan diariamente en Bitcoin.
—En Ibixa todo es bochornosamente caro y exclusivo, les sobra el tiempo, pero el espacio es muy escaso y la demanda desbocada.
—Lo caro es bueno porque te protege de los pordioseros, vagos y pobres de solemnidad. No de los maleantes que siempre acechan al pudiente. Me temo que deben ser un mal necesario, son el karma del rico.
—Estaba yo considerando la compra de una aeronave X399 Ferrari-Safran, pero no solo el juguete era caro, también el mantenimiento y el alquiler de hangares FBO (Fixed Base Operator) del Aeropuerto de Ibixa (IBX). La X399 Ferrari-Safran era capaz de dar un romántico paseo por la Luna con tu "piba" y estar de vuelta para cenar una langosta salvaje maridada con un elegante Dom Pérignon y rematada con una fruta de temporada y un exquisito café colombiano. Gustos sibaritas, lo sé. ¡Ojo!, ni yo podía permitirme semejante derroche más de una vez por semana.
—En fin... estábamos aquel día caluroso de agosto, desayunando en el puerto un café, una sencilla tostada con huevos poché y virutas de jamón de bellota, yogur de la isla, caviar sobre blinis tibios con crema agria y zumo de naranja natural, en compañía de mi amiga Dua Gupta, hija de padre hindú y madre británica a quien conocí en Zúrich. Dua intentaba convencerme para entrar en esos trances meditatorios suyos, que yo nunca entendí. Ella, en posición de loto; yo, sentado como podía, sobre una estera de caña ibicenca, en la terraza de casa. Momentos en los cuales lo único que yo disfrutaba y calmaba mi impaciencia era la brisa salobre y vivificante del Mediterráneo, la vista marina y la no menos soberbia vista de la escultural espalda de Dua.
—No le prestaba mucha atención a Dua porque estaba conectado a la IA de mi empresa VICTOR-IA, con quien discutía las ventajas e inconvenientes de comprarme un X399 Ferrari-Safran con mi presupuesto. VICTOR-IA me hizo una sugerencia interesante: —¿Por qué no compras un billete para un tour intraplanetario en uno de esos busitours que parten del puerto? Te proporcionará el paseo romántico que ansías con tu "piba", además sirven champán a bordo con canapés mientras te deleitas con un paisaje cósmico. Estarás de vuelta a las 7h, puedes reservar en el Jaiko-Meni para cenar un sushi ligerito con un vi blanc del Garraf mientras contemplas las luces del puerto de pescadores.
Mi rutina en Ibixa
—Pues mira, no te digo que no—. Por algo eran inteligencias artificiales, aunque bastante naturales a la sazón. Menudo plan me había preparado la VICTOR-IA—. Pensé, mientras me volvía a mirar a Dua, valorando mis opciones.
Dimos luego un paseo por el puerto para "bajar" el nada epicúreo desayuno. Ella viendo los últimos modelitos en boutiques de moda. Yo divirtiéndome con las propuestas cíborg que me mostraban diferentes opciones después de someterme a las modificaciones corporales que me proponían.
Ni loco me las haría, era solo un divertimiento para matar el tiempo.
Me paseé también por las tiendas de wearables, yo lo compraba todo por internet, pero de nuevo solo troleaba la mañana. Vendían un dispositivo de comunicación de oro con brillantes capaz de hacer videochat con Luna 7, bueno yo no conocía a nadie en Luna 7 ni me compraría algo tan caro y cursi, pero era inevitable, Ibixa era el escaparate de lo que nadie necesitaba y muy pocos se podían permitir.
Todas las calles desembocaban al malecón, donde continuamos el paseo al lado de la playa; allí podías ver a toda la fauna ibicenca, venida de todos los rincones del planeta y vestida con extravagantes atuendos veraniegos, un niño disfrazado de ET playero, con un hawker tray nos ofrecía Orelletes, un dulce antiguo y típico de Ibixa, tortas fritas con forma de oreja y un fuerte sabor a anís. Dua lo rechazó, horrorizada. Más atrás venía haciendo jogging un viejo vestido con zapas caras y mallas muy ajustadas que marcaban sus decrépitos pero aún fibrosos músculos, resultaba cómico y también antiestético. Detrás una señora demasiado obesa para caminar paseaba acompañada de una criada sumisa que llevaba un chihuahua en brazos. Cientos de personas transitaban por el paseo marítimo, disfrutando de exhibirse y del espectáculo humano de los que igual que ellos publicaban impúdicamente sus vanidades o verguenzas, según se mirara.
Los vikingos
Sentados en el murete que separa el paseo de la playa había una pandilla de skins o vikingos de mala catadura con botas altas y gafas de sol que miraban un yate de lujo atracado frente a ellos.
—Ese que lleva tantas banderitas. Podemos revenderlo en Cerdeña—. dijo Erik, el más bajito, con sonrisa aviesa.
—¿Y el patrón? Dos marineros y una azafata. Los atamos y listo—. Apuntó Sigrid, la vikinga enorme, ajustándose el bikini de cuero bajo la cazadora de piloto con la indiferencia de quien ya ha matado más hombres que mosquitos.
Ragnar, un gigantón con cara de niño bueno y una gorra de AC-DC con dos cuernitos, señaló con el mentón.
—Hay una cámara en el mástil. Y un perro en cubierta.
—¿Y qué?— Erik se encogió de hombros— Bueno, pues el perro se queda. Los marineros al agua. La azafata que sirva el piscolabis. El yate nos da diez años de birra y luego el Valhalla.
Sigrid se quitó las gafas de sol y sonrió por primera vez.
—Algo hay que inventar. Estoy harta de mi odioso turno en el chiringuito.
—Esta noche entramos. Yo distraigo al perro con un bocadillo de atún.
El viento salobre movió sus rubias melenas y batió las barbas de Erik y Ragnar. Los tres siguieron paseando, mezclados entre turistas, como lobos entre ovejas.
El Busitur
Dua y yo terminamos, como siempre, nuestro habitual vagabundeo en el puerto. Allí había tres puertos: el de los pocos barcos de pesca con artes de caña y línea, el puerto deportivo, con las enormes naves de recreo y obscenos yates de la jet-set y por último, el puerto turístico donde se sucedían los caballetes publicitarios de acera que mostraban las tarifas y modalidad: bien fuera de alquiler por horas o días o las entradas para un corto paseo. Los precios estaban en Bitcoin.
Cúpulas sup. e inf. para 👀 mirar 👀
Cool 🎷 music y animación
Piloto IA 👨✈️ y ciberazafata 👩💃♀️
Y ahí estaban los astrobuses, una mezcla de autobús inglés de dos pisos y nave intergaláctica. Los había de varias tipologías, algunos similares a ovnis con cúpulas superior e inferior transparentes y que solían despegar del fondo marino hacia el espacio. Primero el paseo submarino por el poco atractivo fondo de Ibixa, bueno no era precisamente un arrecife tropical, más bien un desierto de arena pero unas esculturas submarinas suplían el interés, en realidad el efecto de pasar de un líquido denso (el agua salada) a otro líquido menos denso (el aire), era lo que daba al pseudo-ovni el empuje para huir a la estratosfera.
También los había en forma de avión, estos astrobuses despegaban como hidroaviones, cogiendo velocidad por las tranquilas aguas del puerto hasta alcanzar la velocidad de decisión de 240 km/h. Finalmente estaban los galactobúses en forma de cohete que también despegaban del fondo del puerto en vertical, el despegue era el menos cómodo y las ventanas las más restrictivas, similares a las de un avión de pasajeros, pero eran los que tenían el más largo alcance y mejor servicio de catering.
Y fue hacia los galactobúses a donde llevé a Dua del brazo y le dije: —¿hace un viajecito romántico por Mercurio? ¿tal vez por Marte?—. Ella me miró sorprendida, habíamos pasado cientos de veces por allí pero nunca la había invitado, pero la sugerencia de la IA VICTOR-IA me rondaba la mollera.
Al principio calló, pero después de pensarlo unos instantes dijo: —¡Vale! Me apunto. Me apetece el contacto con el universo, creo que si tenemos suerte y no nos tocan unos compañeros de vuelo detestables, lo disfrutaré.
—Bueno, lo único que puedo controlar es que no vayan niños gritones a bordo. Vendré a comprar la entrada en persona y sobornaré al de taquilla para que nos meta en un viaje niños-free.
Erik Svartskeggur (Erik Barba Negra) Escapando de Ibixa
Ya estábamos en la fila para abordar el galactobús.
—Helga, la fila es lenta—, dijo Hans, un anciano alemán, a su esposa.
—Como siempre—, dijo Helga.
—Al menos no llueve—.
—¿En Marte?—
—Cierto—.
—Tu oxígeno pita—.
—Batería nueva. No te preocupes—.
—Diez minutos—
—O doce—.
—Sí—
—Helga, parece que nos acompañarán un par de simpáticas maricas—.
—Te oyen, Hans—.
—Mallie, el baño de la nave tiene espejo—, dijo Vanille a su pareja mientras se ajustaba la cámara.
—¿Y?—, dijo Mallie revisando el flash.
—Y que esta noche vamos a dejar una foto nuestra pegada en el techo—.
—¿Desnudas?—
—Con los trajes de presión. Más provocador—.
—Eres una artista—, dijo Mallie sonriendo.
—Y tú mi musa—, dijo Vanille levantando la cámara.
—¿Y Marte?—
—Marte espera. El selfie en el inodoro zero-g no—.
—¿Exposición?—.
—Título: Rojo y plástico—.
—Vendemos todo—.
—Claro—.
—¿Tienes cinta adhesiva?—
—Siempre—.
—Entonces vamos—.
Elegí con cuidado el grupo de viajeros con el que habíamos de compartir el tour de fantasía y comunión cósmica. Pero de poco sirvió. Estábamos a punto de abordar el galactobús, cuando dos jóvenes y una chica, rubios los tres, con pinta de vikingos —los mismos que había visto en el malecón planeando fechorías— nos empujaron al interior, dejando fuera a una simpática pareja y a una señora bien vestida de cierta edad que formaban parte del grupo inicial. No era la navaja que empuñaba el más bajito, sino cómo lo hacía, lo que nos hizo obedecer sin protestar demasiado. He de confesar que era una navaja ridícula, más pequeña que un cortaúñas. Pero comprendimos que aquel friki que parecía puesto hasta el gorro de coca, la usaría sin pensarlo en nuestra yugular. Los otros dos, más altos que él, lo flanqueaban.
Ya nos habían hecho entrar a todos a empujones. —Erik—, dijo el que tenía cara de niño bobo—, la policía está aquí.
Erik, blandiendo la navaja, le dijo al bot vestido de piloto: —Arranca esta chatarra o te descuajo los fusibles.

El piloto era similar al conductor de taxi de la peli "Desafío Total". —Si señor, soy Johnnycab, tengo IA. Enseguida le proporcionaremos un agradable y tranquilo vuelo a Marte. Beach-Star AeroCom les da la bienvenida a bordo. Por favor, acomódese en su couch y siga las instrucciones en su TVPE (Video Personal de Entretenimiento). Yo también quería ir a Marte, ¿sabe? Por eso me hice piloto del galactobús de Beach-Star AeroCom, ¿sabe?
—Déjate de parloteo, plastacab. Si no tienes este trasto en marcha en menos de tres segundos, date por desinstalado—, amenazó Erik Svartskeggur a grito pelado.
Nosotros hubiéramos podido reaccionar, pero en lugar de ser osados y hacerles frente, todos permanecimos arrellanados en nuestros couches a la expectativa. No me siento muy orgulloso, pero tampoco arrepentido. ¿Quién hubiera podido imaginar lo que nos esperaba?
—Mira por la ventanilla, Sigrid—, dijo Erik Svartskeggur a la vikinga.
—Están preguntando a la gente en el muelle—, informó Sigrid, la gigante vikinga.
—Acabamos de robar esa joyería en el Passeig de Vara de Rey. ¿Cómo han llegado tan rápido hasta aquí?
El galactobús ya surcaba las aguas del puerto para despegar y ganar el espacio exterior.
—Ragnar—, dijo Erik al vikingo con cara de lento—. Lít hvar matr er.
Ragnar se levantó y le dijo a la ciberazafata, un robot muy ligero y grácil: —¿Dónde guardas la "papa", maja?
—El refrigerio se sirve a las 9 h, señor—, dijo la ciberazafata.
—¿No oyes? No quiero que me sirvas, ¿dónde lo guardas?
—En el office, por supuesto, señor—, contestó ella.
—Yo también tomaré algo—, dijo una pasajera superobesa aprovechando la oportunidad.
—¿Cómo te llamas, vaca?—, preguntó Ragnar.
—Me llamo Helga.
—Pues te chinchas y te aguantas, vaca Helga. ¡Calladita, eh!—, hizo el amago de darle una bofetada.
—Señor—, dijo el marido de Helga—, no hay por qué ser grosero, todos estamos colaborando.
—¡Déjalo, Hans!—, le increpó su esposa.
—Sí, Hans—, dijo Ragnar—. Calladito estás más guapo. Si veo que tú o la vaca Helga abren la boca, le meto un guantazo—, hizo de nuevo el gesto de abofetarla.
Helga y Hans, rojos como cangrejos del sol de Ibixa, se hundieron en sus couches en silencio.
Ragnar rebuscó en el office. —Aquí hay mucha "papa de la buena"—, gritó—. "Ich trage lieber kleine Whiskyflaschen". ¡Oh! Aquí hay cava frío.
—No te vuelvas loco—, dijo Erik Barbanegra —aunque en realidad tenía barba rubia—. Tenemos que conservar la cabeza para salir de esta con el botín.
Ragnar le entregó una bolsa de chuches a Erik, mientras escondía a hurtadillas un botellín entre los pliegues de su chaleco.
Sigrid, la gran valquiria, que había estado vigilando nerviosa por la ventanilla, dijo: —¡Oh, oh! Me temo que nos sigue una polinave.
Erik se levantó para mirar por esa ventanilla y dijo: —¡Mierda! No podía ser sencillo, ¿verdad?
Y dirigiéndose a la cabina del piloto y amenazándole con la navajita, le dijo al Johnnycab: —Hey, plastacab, que no nos alcance esa maderonave que nos sigue. ¿No tiene más velocidad este cacharro?
—¡Oh! Sí, señor. Las naves llevan motores de fisión Safran X8730, pueden alcanzar velocidades de Mach 87.030—, dijo Johnnycab—. Son unos motores nucleares muy buenos y eficientes.
—Pues dale caña, plastacab, ¡que lo vea yo! Creo que hoy te vas a ganar el sueldo.
—No me pagan sueldo, señor—, contestó Johnnycab—. Soy propiedad a perpetuidad de Beach-Star AeroCom—. E imitó la masculina voz de HAL 9000 en 2001: Una odisea del espacio, cuando se apaga y se vuelve cada vez más lenta: —Buenas tardes, caballeros. Soy una computadora HAL 9000. Entré en funcionamiento en la planta de HAL en Urbana, Illinois, el 12 de enero de 1992...— y más lenta—: ...Mi instructor fue el Sr. Langley, y él me enseñó a cantar una canción. Si quieren oírla, puedo cantársela...— apagándose—: ...Daisy, Daisy, dame tu respuesta / Estoy medio loco por amor a ti...
—Muy gracioso, Tontocab. ¡Venga! ¡Gánate el sueldo!
—No me pagan sueldo, señor—, contestó Johnnycab—. Soy propiedad a perpetuidad...
—¡Calla, coño! Y acelera.
La nave de la policía que nos seguía se fue alejando y pronto fue un punto contra el fondo negro.
Fue entonces cuando Ragnar, aburrido ya de las chuches y con el cava calentándose en la mano, volvió su atención hacia los alemanes. Se acercó a Hans lentamente, con esa torpeza de borracho que simula seguridad.
—Oye, Hans—, dijo Ragnar, inclinándose sobre el anciano—. ¿Tú has estado en la guerra?
Hans no respondió. Miró a Helga. Ella apretó los labios.
—Te he preguntado algo, abuelito—, insistió Ragnar, y le dio un golpecito en la mejilla con la mano abierta, no fuerte, pero sí humillante.
—Déjalo—, dijo Helga con voz quebrada—. No ha hecho nada.
—¿Y tú quién eres, vaca?—, escupió Ragnar, y esta vez el golpe fue de verdad, un manotazo seco que hizo girar la cabeza de Helga.
Hans se levantó del couch con una lentitud que dolía ver. No tenía fuerza, no tenía armas, solo tenía la rabia de quien ya no tiene nada que perder. —A mi mujer no le pones un dedo encima—, dijo, y su voz temblaba pero no se quebraba.
Ragnar se rió. Erik, desde su asiento, observaba con media sonrisa. Erik seguía con la navaja en la mano, jugueteando con ella como quien no la necesita pero no la suelta. —Ragnar—, dijo Erik—, enséñale modales al viejo nazi.
Ragnar se giró hacia Erik y le arrebató la navaja de un manotazo. —Dámela—, dijo—. Yo sé cómo se hace.
Erik puso cara de sorpresa, pero no protestó. Ragnar desplegó la hoja diminuta que brilló bajo las luces de la cabina. Hans no retrocedió. Helga gritó: —¡Hans, no!
Ragnar se abalanzó. Yo vi el gesto antes de que ocurriera. Vi la navaja apuntando al pecho de Hans. Vi el miedo en los ojos de Helga. Vi a Sigrid mirando por la ventanilla, ajena. Y vi a Erik sonriendo.
Y entonces, sin saber bien por qué, me levanté.
No soy héroe. Nunca lo he sido. Soy Cassiel Biel, un intelectual que nunca se ha metido en una pelea. Pero aquella tarde, en aquel maldito galactobús, algo se movió en mi interior. Quizá fue ver la mano de Helga tendida hacia su marido. Quizá fue el silencio cómplice del resto de pasajeros. Quizá fueron simplemente los nervios.
El caso es que me interpuse.
—Basta—, dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Ragnar me miró con sorpresa. —¿Tú también quieres, colega?—
No me dio tiempo a responder. La navaja, que iba dirigida a Hans, se desvió y se clavó en mi mano. Fue profunda. Sentí el frío del metal, luego el ardor, luego un calor húmedo que manchaba mi camisa. Me llevé la otra mano a la herida y la retiré roja.
—Señor—, dijo Hans con voz ronca.
—Cassiel—, dijo Dua levantándose.
—No te muevas—, le dije, haciéndome el valiente.
El dolor no llegó de inmediato. Primero fue un pinchazo, luego una punzada, y finalmente un latido caliente y espeso que se extendía desde la herida. La mano empezó a enrojecerse, a inflamarse, como si mi cuerpo estuviera intentando cerrar la brecha.
Ragnar retrocedió un paso, sorprendido. —¿Pero qué haces, idiota?—
Erik se levantó de su asiento. —Ragnar, si lo has matado, nos liamos—
—No lo he matado—, dijo Ragnar, y en su voz ya no había bravuconería, solo nerviosismo—. Ha sido él, se ha puesto en medio.
—¡Ayy!—, dijo Mallie, y su voz sonó como una galletica de soda que se rompe—, Pero cuánta violencia innecesaria ¿no?
—Verdad, chica—, apoyó Vanille, qué desperdicio, ese vikingo brutote, con lo bien que lo aprovecharía yo. ¡Ay hijo cálmate! por fa-voor— Le pidió Vanille a Ragnar.
Mallie y Vanille estaban horrorizados. Uno se llevaba las manos a las mejillas, el otro la agitaba en el aire haciendo un gesto de negación.
Yo estaba de rodillas, una mano apoyada en el couch de Hans. La otra colgando con la sangre escurriendo entre los dedos.
Ragnar, visiblemente desconcertado, se alejó hacia el fondo de la nave como un perrito con el rabo entre las piernas. Sigrid siguió mirando por la ventanilla, indiferente.
—¡Ay! vikingo, muérdeme el klingo, ja, ja, ja—. Dijo Mallie, tomando fotos a Ragnar el vikingo, pero el vikingo los persigue... —Ay! bicho, bien lejos!— gritaba histérica Vanille huyendo del gigantón y riendo como loca.
—Ciberazafata—, dijo Erik al fin—. ¿Hay botiquín en esta chatarra?
—Sí, señor—, contestó la robot—. En el office hay una cruz roja. Solo para pequeñas heridas, pero hay suturas cutáneas adhesivas.
—Pues con eso y un bizcocho...—, dijo Erik, y por primera vez su voz sonó conciliadora.
La ciberazafata fue a buscar el botiquín mientras yo me hundía en el couch, mirando el techo de la nave. La herida palpitaba. La inflamación subía. Pero por alguna razón, me alegraba.
Hans puso su mano sobre mi hombro, la mano arrugada y temblorosa de un anciano que acababa de ver a un desconocido sangrar por él.
—Gracias—, dijo Hans.
Y yo, Cassiel Biel, pacifista o cobarde desde chico, cerré los ojos y sonreí.
Un Agujero Negro Uno no Cartografiado
Llevábamos dos horas de viaje, la ciberazafata ya había servido un tentempié, el resto de pasajeros: dos brits, Mallie y Vanille que eran una pareja homosexual muy simpática completaban el pasaje y permanecían reunidos bajo la cúpula de observación flotando ingrávidos cuando un fuerte empujón los aplastó a todos contra la cúpula de plexi-carbono.
La nave se convirtió en una batidora, hubo heridos, no teníamos puestos los arneses de seguridad. Pero pronto se estabilizó.
Se oía un fuerte "WIRRRR WIRRRR" de los motores chirriando, esforzándose al máximo.
—Es un agujero negro errante o no cartografiado— informó Johnnycab—. Estamos cerca de caer en la singularidad. Su cara no era muy elástica, la sonrisa no se borraba.
—Agujero negro masivo. Masa: equivalente a cien veces la Tierra. Distancia al horizonte de sucesos: aproximadamente 100 metros, 96 metros, 90 metros... —anunció Johnnycab con su amable tono habitual, como si no pasara nada.
—El horizonte de sucesos. Aproximadamente a centímetros de la singularidad. No llegaremos a tanto. Rozaremos la ergosfera, la región donde el espacio-tiempo es arrastrado por la rotación del agujero negro. A una distancia de 23 metros o a 3 cm del horizonte—. Imprevisible.
—Si se espaguetizan los demás no me importa, pero no dejes que me espaguetice yo —dijo Erik Svartskeggur bromeando.
—No sería divertido, se lo aseguro, señor— dijo Johnnycab. Los ojos le brotarían de sus órbitas, vomitaría sus intestinos... la buena noticia es que la muerte le sobrevendría muy rápido.
—¡Urgente, urgente!— dijo Johnnycab. Pronto llegaremos a velocidad de escape, acomódese en su "couch" y siga las instrucciones en su TVPE (Video Personal de Entretenimiento). El empujón gravitatorio será g3 o g30, no sé qué anunciar. ¿Esto no está previsto en mi programación?.
El agujero negro sobrepasa a Johnnycab, él intenta salir de la nave para arreglar el escudo térmico. Es imprescindible o se quemarán en la reentrada.
Johnnycab no tiene piernas, solo brazos y torso, sin embargo arriesgando su integridad decide salir de la nave para reparar el dichoso escudo térmico. —Bastará con un poco de pegamento—, anuncia antes de aventurarse en el exterior.
Pero el viento es demasiado fuerte, el torso de Johnnycab queda colgado de la barra de paseo espacial, el viento lo golpea cómicamente contra el fuselaje, una y otra vez. Es obvio que la valentía del robopiloto no bastará. No conseguirá reparar el escudo térmico y está a punto de perderse en el espacio. —Johnnycab no se siente bien, nada bien—, se oye en la megafonía interior con la que él tiene conexión permanente. CLANK, CLANK, CLONK.
La situación es peligrosa. El vikingo Erik toma un casco espacial y cierra la esclusa para salir. Arriesga su vida para salvar a Johnnycab, a la nave y a sus pasajeros.
Johnnycab desde su asiento comenta: —Esto no es bueno, no está previsto. Pero es por razones de fuerza mayor, recalco fuerza mayor. Un pasajero, no adiestrado, espontáneamente ha salvado a Johnnycab y ahora procede a pegar la sección despegada del escudo térmico. Lo ha logrado. Informo que el escudo térmico ha sido recolocado—. Volviendo su cabeza robótica 180 grados, dice en voz alta a los pasajeros —Bien está lo que bien acaba.
Pero el peligro no ha pasado, Erik arregla el escudo térmico, pero pierde su arnés, resbala, y queda enganchado en la barra de seguridad y golpeando contra el fuselaje: PUNKG, PUNKG, PRLACK.
—¡Oooh, oh! otro incidente, el pasajero Erik, mi salvador, ha quedado a merced del polvo cósmico—, comenta Johnnycab a los pasajeros, Johnnycab no sabe qué hacer. He detenido la nave pero no parará.
Cassiel visiblemente angustiado se acerca a la esclusa de salida.
—El pasajero Cassiel presenta una inflamación en la extremidad superior derecha—, dice Johnnycab —No podrá sujetarse en el exterior. La empresa sugiere que no salga, repito, no salga. Según el anexo IV, lesiones por fuerza mayor no son indemnizables si ocurren durante maniobras de riesgo voluntario. Se sugiere abandonar el intento de recato con la mano herida. La mano hinchada no es un medio de rescate aprobado. Repito: no está aprobado ni es aconsejable, desista. Desista.
—Atención, atención, Sres. pasajeros. El módulo de asistencia extravehicular ha completado su salida no programada. Recordamos que, según la cláusula 7.3 del contrato de transporte interestelar, toda reparación en el exterior debe ser realizada por personal cualificado con extremidades inferiores. En este caso el código fue soslayado por una situación de emergencia y fuerza mayor. Repito: de fuerza mayor. La compañía no se hace responsable de daños por impactos de objetos extraños contra el fuselaje. La empresa debe hacer énfasis en esta condición contractual: no se hace cargo de posibles daños a los pasajeros.
—Se ha detectado una intervención manual no autorizada en el escudo térmico. Dicha intervención ha sido ejecutada por un pasajero de origen nórdico. La compañía agradece el gesto, pero recuerda que el seguro de viaje no cubre heroísmo. No cubre heroísmo. Consulte las condiciones generales en el reposabrazos.
Sigrid la enorme rubia, sin pensarlo aparta a Cassiel de la puerta de la esclusa y se pone un equipo de paseo espacial saliendo al exterior. Sin esfuerzo aparente agarra el flaco Erik por el cuello y lo conduce al interior de la nave.
—Se ha registrado una maniobra de recuperación ejecutada por la pasajera Sigrid. Dicha maniobra ha devuelto al pasajero Erik al interior de la cabina. La compañía se congratula de que el peligro haya sido superado. Pero les informa que, según el contrato pasajero-empresa, la compañía no se hace responsable de daños por impactos de objetos extraños contra el fuselaje—. La locuacidad de Johnnycab era imparable. Su peligrosa y reciente experiencia lo había dejado electrónicamente excitado.
—La empresa debe hacer énfasis en esta condición contractual: no se hace cargo de posibles daños a los pasajeros ni a los subsiguientes inconvenientes que estos impactos fortuitos hubieren ocasionado, ya sea un hecho probado o por el alegato de uno o varios pasajeros, se produjera realmente o no.
Johnnycab continuaba. —Invoque más información desde el reposabrazos de su couch consultando el contrato-pasajero-empresa artículos 23 y subsiguientes. También a su disposición la lista de artículos sin impuestos que puede comprar en la nave. Les recordamos que tienen a su disposición la revista y catálogo de artículos libres de impuestos. En ella encontrarán una amplia selección de perfumes, cosméticos, joyas, licores y artículos de viaje. Si desean adquirir alguno de nuestros productos, por favor, avisen a cualquiera de nuestros tripulantes.
—El escudo térmico está operativo. La reentrada continuará. La compañía agradece su paciencia. Y les recuerda que el botón de llamada al asistente sigue funcionando. Funcionando. Aunque nadie lo use. Gracias.
Cassiel tiene la mano hinchada, quiere ayudar, pero no puede...
Sigrid rescata al vikingo Erik.
—Hemos salido por casualidad—, confesó Johnnycab. —Esa singularidad era la cosa más densa del universo.
—¡Recuperando, estabilizando, analizando! —dijo Johnnycab. No retiren la sujeción de cinco puntos hasta que no vean la señal en su TVPE (Video Personal de Entretenimiento).
—¡Oooh! Esto no es bueno —dijo Johnnycab. Vamos a una velocidad superior a la autorizada, incluso superior a la velocidad máxima del galactobús. Hemos emergido a través de una estructura espacio-temporal tipo Carabi-Yaou. —Esto no es bueno —repitió Johnnycab. —Esto no está previsto en mi programación.
En los TVPE (Video Personal de Entretenimiento) de abordo apareció un "Warning estroboscópico" rojo se encendía y se apagaba (¡MEEEC!, ¡MEEEC!, ¡MEEEC!...). Se ruega a los Sres. pasajeros proveerse de crema solar de máxima protección. Fallo catastrófico en la composición de la atmósfera podría causar cáncer de piel si se exponen por más de 10 minutos a la radiación solar.
Dua gurú
—No solo nos metimos en un agujero negro, entramos en Agní-Loka: el mundo de Agni. Está documentado en el Kaushitaki-upanishad—, dijo Dua.
—¿Quién es Agni?— Preguntó Erik Svartskeggur.
—Agni significa ‘fuego’ en sánscrito, es el dios védico del fuego.
Dua continuó con serenidad: —En el Rig-veda (el primer texto de la India, de mediados del II milenio a. C.) se nombra originalmente a un trío de dioses:
- —Indra (en sánscrito: इन्द्र) es el rey de los dioses o devas y señor del Cielo (Svarga) ,
- —Agni (Dios del fuego), y
- —Soma (Dios de las Lunas y de la sustancia mágica homónima).
—¿Qué tenemos que ver nosotros con todos esos mitos de dioses y elementos?— Preguntó Sigrid la enorme vikinga.
—Si quieres explicar lo incomprensible, tienes que abrir tu mente al conocimiento de los antiguos maestros. Ellos hablaban con un lenguaje que puede parecernos mítico o mágico, pero la experiencia nos revela que no hay mito sin fundamento—, respondió Dua—. Son exactamente iguales que lo que describen vuestras sagas islandesas "Íslendingasögur". Los dioses vikingos son las mismas fuerzas que modelan el espacio-tiempo.
Los vikingos obviamente respetaban a Dua. La creían, pues su discurso coincidía con su propia data. Y entonces sucedió: Dua era, de repente, su gurú. —¿Qué hacemos, Dua?— Preguntó Erik, el tirillas. Dua guardó silencio.
Sagas Vikingas El Karma
Dua comprendió que habían tocado un punto clave para la comprensión de uno mismo. Quedó callada, con los ojos cerrados. —Te haré una revelación, vikingo— dijo Dua.
—No es difícil de aceptar, lo entenderás— dijo Dua.
—Tú y solo tú eres el que carga con el karma, es tu codicia e imprudencia al secuestrar este modesto galactobús y forzarlo más allá de sus límites el culpable de la obsolescecncia y consiguiente estado de achatarrización de Johnnycab— dijo Dua.
—Bueno, adoptaré al viejo Johnnycab como chofer de mi limusina— dijo Erik Svartskeggur.
—Tienes que considerar otras consecuencias. Si no quieres reencarnar en un insecto quitinoso, tendrás que asumir que has destrozado la vida de los ancianos Hans y Helga. Esos diamantes que estúpidamente decidiste robar valdrán ahora una fortuna, dale al menos uno a Hans y Helga para que rehagan su vida y no tengan, por tu culpa, que conocer la indigencia. También están Mallie y Vanille, te los llevaste, desaparecieron, a lo mejor han perdido sus casas, sus negocios. Es un daño considerable.
—No hay problema, algo les daré, soy un tipo elegante, asalvajado pero culto, amante de la justicia y el arte, como todo vikingo. Recuerda que fuimos los primeros en colonizar América, no Colón, haya sido español, portugués o italiano.
—¿Qué van a colonizar América los vikingos? A eso lo llamas colonizar—, dijo airado Cassiel, con su mano vendada —Lo único que dejaron los vikingos en América fueron cuatro piedras y zurullos —Colonizar—, repitió burlándose. —Los españoles dejamos Universidades, Iglesias, una cultura, una orgullosa raza que aún vive, a diferencia de otros que o bien no se mezclaban o metían a los indios en reservas. —Territorios integrados fue lo que hizo España. Y no fundó colonias, sino provincias de ultramar que es bien distinto.
Erik Svartskeggur ni siquiera prestó atención al alegato de Cassiel, se volvió hacia Dua y dijo—, pero ¿por qué soy idiota por robar los diamantes? No estoy de acuerdo.
—Si hubieras robado los Bitcoin del wallet de la joyería ahora serías miles de veces más rico— respondió Dua.
—¡Mierda!— estalló el salvaje Erik.
—Soy Eiríkur Svartskeggur—, dijo traduciendo su nombre al islandés en un intento de demostrar su nobleza. Compartiré mi desdicha, daré un diamante a cada uno. Ni Cassiel ni yo necesitamos tus diamantes robados—, dijo Dua.
—Déjalo que reparta— dije—, No seré yo quien insulte su generosidad.
Sabes que no los necesitas, Cassiel, tu trabajo y tu casa ya no existen, pero aquellos bitcoin guardados en tu wallet frío te hacen más rico que el mismo Creso. Yo no quiero nada robado, mi karma se ensuciaría.
—A los vikingos les ha salido perfecto— dije llevándole la contraria a Dua —Roban, nos secuestran, nos hacen perder dos años de nuestras vidas y cuando llegan de nuevo a Ibixa sus crímenes, con un buen abogado, habrán prescrito.
—No te han hecho perder dos años de tu vida, no has perdido ni un minuto, solo que la vivirás en el futuro.
—Bueno... Visto así... —Nunca ganaba en una discusión a Dua, ella siempre sabía qué decir.
Dua me pregunta: —Qué te importa más ¿Conservar tu vida de lujo? o sentirte satisfecho de ti mismo—. Yo, le devuelvo la pregunta —y a tí ¿qué te importa más conservar la vida que llevábamos? o ¿Sentirte satisfecha de ti misma?
Mallie y Vanille que flotaban agarraditos de la mano lo tienen muy claro: —Ay nosotras las dos cosas, mi'amor—. Nuestros lujos que nadie nos los quite y satisfecha de mi misma lo estoy, y mucho, cariño—, dijo Vanille
Regreso a Ibixa Aterrizaje en Nueva Ibixa
—Aterrizaje completado—, anunció Johnnycab. Estamos de nuevo en Ibixa. Solo que tres años después de nuestra partida. —En nombre del comandante y de toda la tripulación, les damos las gracias por haber volado con nosotros y esperamos verles muy pronto de nuevo a bordo.
—Tan, ta, ta, tannn —dramaticé al desembarcar.
Intranquilo, metí la mano en el bolsillo del pantalón, para asegurarme de que el wallet con mis bitcoin estaba todavía allí, era mi única esperanza en aquellas extravagantes circunstancias. Mi antigua empresa me habría dado por perdido, no tendría trabajo ni casa que al ser alquilada, habrá sido reocupada y mis enseres regalados a la caridad.
Por eso lo primero que hice fue comprobar en un banco el valor del Bitcoin, para calcular mi fortuna, en tres años, la revalorización debería haber hecho milagros. —Oiga, ¿por qué no tienen el display con la cotización de Bitcoin?—, pregunté a un empleado del banco.
—¿Dónde ha estado usted, home de Déu, amb els pingüins a l'Antàrtida?
—El Bitcoin fue prohibido por el gobierno islámico progresista de Madrid hace años. Para proteger a los inversores de las estafas. Todo el mundo vendió sus bitcoin antes del plazo, bueno si es que aquello fue vender, más bien regalar—, me informó aquel inesperado oráculo de mi desgracia.
—El lugar a donde regresé acababa de pasar de ser exclusivo a excluirme. Soy indigente. Mis Bitcoin no valen nada, me lamenté en voz alta. —¡Malditos comunisto-teocráticos politicuchos! ¡Maldigo vuestro nombre, vuestra fe, vuestra casa y que la desgracia alcance a toda vuestra descendencia! Yo no creía en maldiciones, pero desahogarse era terapéutico. Me prometí mentalmente averiguar quién era el responsable para hacerle vudú o algo.
—Quizá deba regresar a mi pueblo, a Biel, siempre he tenido nostalgia. Bueno la nostalgia es consustancial a la naturaleza humana—, pensé. —Sabiendo que la nostalgia es crónica ¿debe uno satisfacerla, avivarla o más bien superarla?
—Pensándolo mejor, regresé al puerto donde aún estaba el grueso del grupo con Dua y compartí mis cuitas con ellos.
—¿Volver a mis orígenes es la solución? ¿Debo elegir entre volver a ellos o ir a la aventura y al desarraigo?
—¿Importan los orígenes o lo que importa es lo que vives?—, me preguntó Dua.
—Adonde sea, respondí, donde tú estés, está mi sitio.
—Nosotros tenemos una habitación de invitados en nuestra casita, aquí en Ibixa—, ofreció Helga.
—Si, la tenemos—. confirmó Hans—, os está esperando, nosotros encantados.
Mallie y Vanille también están. Mallie dice: —Nuestra galería está esperándonos. Te ofrezco un trabajo, no os puedo pagar mucho pero os puedo contratar a ambos. A Dua de influencer y a ti de... lo que sea que hagas—, dijo riendo.
La ayuda que prestaron les devuelve el buen karma y ahora les echan una mano. Cassiel y Dua vivirán con Hans y Helga y trabajarán para Mallie y Vanille. En unos minutos su futuro inmediato ha sido despejado.
Los vikingos van a Pawn Eivixa Shop a vender los diamantes causa y motor de esta aventura. Habían prometido regalar un diamante a cada pasajero, pero no lo hacen, la codicia les puede. Quieren ser ricos y rápido, ¡ahora!
El pawnbroker se ajusta la lupa al ojo y revisa una de las piedras.
—¿Me queréis timar? ¡Listos! Estos diamantes son mierda sintética. Ni siquiera son (LG) Laboratory Grown, no tienen ni grabado láser de referencia. No valen ni como bisutería, tengo circonitas mejores que esto—, dijo tirando despectivamente la piedra sobre el montoncito en la alfombrilla de terciopelo negro de la taquilla.
Los vikingos ven rodar la piedra sobre el terciopelo que finalmente cae al suelo, junto a sus esperanzas de gloria y riqueza.
De repente el empleado de la Pawn Shop los reconoce. ¡Eeeeh! ¿Vosotros no sois los famosos vikingos?
Ibixa no ha olvidado a los vikingos, hay hasta canciones infantiles sobre ellos. Un cronista ha escrito una Saga islandesa contando sus desmanes, su osado secuestro y su heroicidad, llegada a los medios por una noticia transmitida por Johnnycab a la empresa.
Su notoriedad les permite trabajar en el cine, aparecer en famosas discotecas de Ibixa como "El Delirio" o "Front Crash" y hacerse con una pequeña fortuna. Eso sí, se ven obligados a vestir con pieles y cascos con cuernos a pesar del sofocante calor isleño. A veces el lujo exige sacrificios. Los tres vivieron en Ibixa hasta que fueron olvidados, nunca regresaron a su fiordo y nunca se pudieron quitar las pieles.
Cassiel y Dua deciden que el pueblito de Biel puede ofrecerles una segunda oportunidad. Él como pastor de ovejas, meditando en los prados bien temperados de Biel, como profesora de yoga ella, con gran éxito entre las señoras mayores del lugar. No solo se hace pastor, también pinta y escribe, no con gran éxito pero obtiene realización personal, un consuelo dentro de la humilde vida pastoril. El tópico del pastor inocente, alegre y refinado que solo sufre por amores imposibles en un paisaje perfecto es un mito. Cassiel solo lamenta la pérdida de su vida de lujo y solo el amor de Dua, consuela sus días.
Hans y Helga, en secreto, por las noches en su casa de Ibixa ven películas del tercer Reich. Celebran Oktoberfest con sus lederhosen él y con su dirndl ella, ese entrañable atuendo femenino de la región alpina de Baviera y Austria.
Hans y Helga llevan una ordenada existencia, amor anciano y vida plena. Viven en su rutina: son muy caseros, toman desayuno frugal y se dedican al cuidado de su hermoso y típico jardín alemán con enormes hortensias, rododendros y jacintos de varios colores con esos enormes pompones floridos, su perrito un enorme e inteligente pastor Deutscher Schäferhund también lo abona. Allí hacen parrillas de Bratwurst y grasosa Gegrillter Bauchspeck con cerveza sin alcohol. A veces bajan a la playa en su pequeño Volkswagen. Playa-perro, supermercado-perro, al médico, más paseos y más perro, no suelen cenar. Un día cualquiera mueren, primero Helga, a la siguiente semana Hans, tras esa cómoda, placentera y voluntariamente elegida vida en Ibixa lejos de los rigores de sus Alpes bávaros originarios.
Johnnycab se reconvierte en un chofer de limusina privada, en Ibixa se aburre, le encanta aburrirse, no echa en falta las aventuras, para nada. Ahora tiene tres piernas que compró con la indemnización más la gratificación extraordinaria por sus heroicos servicios que le dió su antigua empresa. —Tres piernas siempre son mejor que dos—, pensó él con acierto.
La amable ciberazafata que los acompañó en la aventura, primero fue convertida por los vikingos en fuente de chocolate, para sus fiestuquis. Pero más tarde Johnnycab la compró, la mejoró dotándola de inteligencia y él fue feliz teniéndola de compañera, no así ella que prefería ser simplemente fuente de choco.
Cassiel recibe una postal de Hans. Helga ha muerto, y él les deja su chalé en Ibixa y su Pastor alemán cuando muera, lo cual ocurre enseguida. Pa'llá que se van, ¡Ciao ovejas! Al llegar Cassiel y Dua descubren las chancletas de Hans con una esvástica. También los libros, películas y recuerdos del oscuro pasado de Hans.
Puede que fuera un nazi, pero muchos alemanes lo fueron, no por ideología sino víctimas de las circunstancias o de la nostalgia de tiempos donde la nacionalidad y el patriotismo contaban, no como ciertos países europeos como Alemania, Francia o España que perdieron sus raíces y fueron colonizados por ideologías foráneas haciendo desaparecer costumbres y una cultura que algunos añoraban. En todo caso, para ellos, para Cassiel y Dua fueron amigos y benefactores, que es lo importante por encima de ideologías u otras historias.
Cassiel y Dua son felices en la casita de Ibixa con el pastor alemán, con el jardín lleno de enormes hortensias, rododendros y jacintos de colores con esos alegres pompones floridos, símbolos de alegría, felicidad y nuevos comienzos.
Por las mañanas, Cassiel y Dua se preparan ellos mismos el desayuno, no han renunciado a sus costumbres, sentados en la terraza con vistas al mar toman un café Colombia, una sencilla tostada con huevos poché y virutas de jamón de bellota, yogur de la isla, caviar sobre blinis tostados con crema agria y zumo de naranja natural, arropados por el mimado jardín, legado de Helga, y por la acostumbrada energía positiva que se transmiten entre sí.