Niyuki Nogi
Nogi, era un niño que vivía en una amable ciudad japonesa, como en todas las ciudades japonesas el espacio no abundaba y la familia Niyuki vivía en la parte nueva de la ciudad con miles de apartamentos pequeños, baratos y todos idénticos entre sí. Las calles también eran muy parecidas, solo los comercios ponían un contrapunto que ayudaba a distinguirlas. La gente en su ciudad caminaba siempre con prisa, mirando al suelo y no se conocían unos a otros o al menos no se saludaban. Nogi, sin embargo, si las reconocía, aunque tampoco saludaba, por educación.
A Nogi le fascinaban los letreros de colores de algunos comercios, en particular la tienda de la Sra. Misuki que vendía chuches y pequeños muñecos. Nogi había leído, era un ávido lector, leía sobre tecnología, y sobre el misterioso universo, se preguntaba cómo serían las estrellas y si estarían habitadas por otros niños, aunque las estrellas no se veían en su ciudad, debido a las luces y a los edificios que tapaban el cielo.
Y es que Nogi se hacía muchas preguntas. Demasiadas para un niño de su edad, según decían sus profesores.
Un día, en el mercado, vio a un niño grande comiendo un enorme y delicioso helado de tres bolas. Nogi se acercó a su madre y le preguntó:
—Mamá, ¿por qué nunca me has comprado un helado de tres bolas?
Su madre lo miró con una sonrisa severa y le acarició el cabello.
—Porque, cariño, nosotros no tenemos monedas de sobra para ese lujo. Además, comer tantas chuches no es bueno para los dientes.
Nogi asintió, pero en su cabeza surgió otra pregunta: "¿Por qué unos tienen monedas para helados de tres bolas y otros no?"
Esa misma tarde, mientras regresaban a casa, vieron a un hombre y una mujer discutiendo acaloradamente en medio de la calle. Sus caras estaban rojas y sus voces eran tan altas que asustaban a los viandantes. Nogi se agarró de la mano de su madre.
—Mamá, ¿por qué los mayores gritan? —preguntó Nogi, con los ojos muy abiertos.
Su madre suspiró.
—A veces, Nogi, los mayores se olvidan de escuchar y perdonar. Se enfadan porque tienen miedo, porque se sienten agredidos o porque no saben otra forma de decir lo que sienten.
Nogi observó cómo el hombre y la mujer se separaron, cada uno por un lado de la calle, y estuvo seguro que ellos no sabían porqué se habían enfadado. Luego, miró a su madre y notó que sus ojos brillaban de una manera especial. No era que estuviera llorando, pero Nogi sabía que su madre a veces estaba triste.
—Mamá, ¿por qué estás triste? —se atrevió a preguntar.
Su madre se arrodilló frente a él y lo abrazó con fuerza.
—Porque a veces echo de menos tener más suerte. Pero no te preocupes Nogi, tenerte a ti me llena el corazón de alegría.
A Nogi le pareció que la tristeza era como una nube gris que a veces pasaba por encima de las personas. Y esa noche, en la cena, su madre le contó una noticia que lo dejó helado. El hijo de la Sra. Maiko, que conocían había robado en un Tachinomi del barrio de al lado. Un hombre que él conocía. Eso lo afectó mucho, había leído sobre robos, pero nunca pensó que alguien que el conociera pudiera robar a otra persona.
—¿Por qué alguien puede robar a otro, mamá? —preguntó Nogi, dejando la cuchara en el plato.
Su madre palideció.
—Seguramente estaba pasándolo mal y tomó una mala decisión, Nogi. Es algo muy triste.
Nogi no entendía cómo se podía estár pasandolo tan mal como para hacerle daño a otra persona. Todo eso le parecía un gran misterio. Y para colmo, al día siguiente, en la escuela, su amigo Kenji le dijo que él quería ser futbolista, pero al recreo confesó que en realidad quería ser bailarín. Cuando Nogi le preguntó por qué no lo decía en clase, Kenji se encogió de hombros.
—Porque los niños no bailan, Nogi. Los niños juegan al fútbol.
Nogi "¿Por qué Kenji tiene miedo de decirlo?" se preguntó.
La vida de Nogi era un constante "¿por qué?". Estos últimos días habían sucedido cosas inexplicables, que según él pensaba no tenían ni pies ni cabeza, e iban en contra de todo lo que a él le habían enseñado.
Para animarlo un poco, su madre le compró un muñeco Daruma la tienda de la Sra. Misuki. Era redondo, sin brazos, piernas ni ojos, con una cara blanca enfadada y una barba poblada.
—Este muñeco es muy especial, Nogi —le dijo su madre—. Los Daruma son símbolos de perseverancia. Se pintan los ojos de una manera muy particular. Cuando tengas un sueño, un deseo muy importante, le pintas un ojo y le pides que te ayude a cumplirlo. Cuando lo consigas, le pintas el otro ojo para agradecérselo.
Nogi tomó el muñeco con cuidado. Era pequeño, cabía en la palma de su mano. Nogi lo miró a los ojos vacíos y supo inmediatamente cuál era su deseo. No quería un helado de tres bolas. No quería juguetes. Quería entender. Quería saber por qué el mundo funcionaba de una manera tan extraña.
Tomó un rotulador negro y, con mucha concentración, pintó el ojo izquierdo del Daruma.
—Daruma, quiero viajar a otros mundos —susurró—. Quiero entenderlo todo.
Esa noche, mientras dormía, algo extraordinario sucedió. Una carta brillante, como si estuviera hecha de luz de luna, apareció sobre su almohada. Nogi se despertó y la leyó con el corazón latiéndole a mil por hora.
"Querido Niyuki Nogi,
Has sido seleccionado para la primera misión infantil de exploración interestelar. Una nave te espera en el tejado de tu edificio a las 12 en punto. Debes viajar solo. Los adultos no pueden venir, pues solo los niños recuerdan cómo hacer las preguntas correctas.
Atentamente, El Ministerio Espacial Especial."
Nogi miró el reloj. No lo dudó, era un valiente. Se puso la chaqueta, miró al muñeco Daruma en la estantería y subió decididamente las escaleras hasta el tejado. Allí, bajo un cielo negro, lo esperaba una nave espacial que parecía una burbuja de jabón gigante y transparente.
La puerta se abrió con un silbido suave. Nogi entró y vio que el interior era muy sencillo: un asiento acolchado y un panel de control con muchas lucecitas y una pantalla, un solo botón y unos auriculares con un pequeño mecrófono, que se puso enseguida.
Una voz cálida y metálica le habló:
—Bienvenido, Nogi. Para pilotar esta nave, solo tienes que decir a dónde quieres ir. ¿Cuál es tu primer destino?
Nogi pensó. Quería entender el mundo, así que decidió empezar por el principio: la felicidad.
—Quiero ir a un planeta donde todos sean felices —dijo.
La nave se elevó sin hacer ruido y, en un abrir y cerrar de ojos, Nogi se encontró sobrevolando un mundo de colores pastel y ríos de caramelo. Aterrizó en un bonito lugar la pantalla mostraba el mensaje: Aterrizando en El planeta Happy 301.
Happy 301
El planeta parecía una feria. Allí, los extraterrestres eran unos seres que Nogi nunca había imaginado. Se llamaban a sí mismos Happys tenían el cuerpo formado por esferas de material blandito, de un rosa brillante. Sus ojos eran dos lunas crecientes invertidas, siempre sonrientes, y de sus cabezas brotaban pequeños resortes de colores que vibraban con cada carcajada. de sus mejillas salían sonrisas que se elevaban al cielo formando nubes de alegría. Caminaban deslizándose y, cuando se abrazaban, se pegaban como dos chicles haciendo un ruidito como "Smassh!" y tardaban varios segundos en separarse con un ruido comp "Pop!". Los "Smassh!-Pop!" se repetían con frecuencia.
—¡Es maravilloso! —exclamó Nogi—. ¡Son todos tan felices!
Uno de los seres, se acercó a él deslizándose. —Me llaman Happy Hip.
—¡Claro que sí!— dijo, —aquí siempre estamos felices. ¡Es la regla! —dijo, mientras de sus mejillas salía una sonrisa
Nogi frunció el ceño.
—¿La regla? —preguntó—. ¿Pero qué pasa cuando estáis tristes?
La sonrisa de Happy se congeló por un segundo. Sus resortes se quedaron tiesos y sus ojos de luna creciente se volvieron rectos.
—No podemos estar tristes. Está prohibido. La tristeza apaga los resortes y los globos no suben.
—Pero, ¡qué tontería! —dijo Nogi—. La tristeza también es parte de la vida. Mi madre está triste a veces, y la quiero igual.
Un pequeño grupito de extraterrestres Happy se había formado en torno a ellos. Parecían confundidos. Uno de ellos, el más pequeño, que tenía los resortes más cortos, empezó a temblar. De repente, su sonrida empezó a apagarse. El pequeño Happy comenzó a llorar, y de sus ojos salían lágrimas sin parar.
—¡Yo quería decir que estaba triste porque perdí a mi amiga favorita! —confesó—, pero no podía porque todos se reían tontamente, todo el tiempo.
De repente, un montón de Happys comenzaron a sollozar. Sus resortes se apagaron, sus ojos se volvieron líneas rectas y sus cuerpos se desinflaron como globos viejos. Habían estado guardando sus tristezas durante tanto tiempo que reventaron de tristeza. Nogi se dio cuenta de que la felicidad forzada no era real —Qué cosa más tonta —ratificó—. La verdadera alegría, pensó, no puede existir si no hay espacio para la tristeza. Son como el día y la noche, se necesitan mutuamente para darse mutuamente sentido.
Ayudó a los Happys a aceptar su tristeza, y cuando lo hicieron, comenzaron a brillar de nuevo, pero ahora con una luz más intensa. Se despidió de ellos y subió a su nave.
Allí aprendió que la felicidad sin la tristeza es una cosa muy dañina, —no se puede forzar a nadie a estar feliz todo el tiempo.
—Llévame a un planeta triste —dijo.
Oh, no!
Llegó a un lugar llamado Oh, no!. Allí, las casitas eran grises y los letreros de los establecimientos, incluso los de chuches también eran grises. El suelo era de adoquines y el cielo estaba cubierto por nubes que goteaban constantemente. Los extraterrestres de este mundo eran los tristosos. Tenían cuerpos alargados, enormes cabezas con dos orificios respiratorios pero sin boca y con grandes ojos negros llorosos.
—¿Por qué estáis tan tristes? —preguntó Nogi, mientras se protegía de la llovizna constante.
Un ser llamado Tristoso Tristán le respondió entre sollozos. Su piel era tan gris que casi no se distinguía del fondo.
—Porque así es la vida. Triste. Nunca nada alegre sucede.
Nogi observó a su alrededor y vio un pequeño brote verde asomando entre las rocas grises.
—¡Mira! —dijo Nogi—. ¡Una flor!
Tristoso Tristán levantó la vista. Por un instante, sus lágrimas dejaron de caer y su piel se volvió de un gris más claro, casi perlado.
—Es solo una flor, pronto se marchitará.
—Pero ahora está viva —insistió Nogi—. ¿No os da un poco de alegría ver algo tan bonito?
Los tristosos se quedaron en silencio. Uno de ellos, tímidamente, esbozó una sonrisa. Su piel se volvió de un gris plateado y sus lágrimas se convirtieron en pequeñas gotas de rocío que brillaban como diamantes. Luego otro. Y otro. Resulta que se habían olvidado de que las cosas buenas también existían.
Nogi les enseñó a valorar y recordar los pequeños sucesos felices para equilibrar los tristes.
Pero también entendió que la tristeza no era algo malo del todo. A veces, pensó, llorar ayuda a que el corazón se vacíe de penas y pueda volver a llenarse de esperanza. Los tristosos, con su nueva comprensión, comenzaron a tener momentos de alegría que hacían que sus lágrimas fueran menos frecuentes.
Nogi se despidió de los tristosos y partió de nuevo. Allí aprendió que la tristeza no es la solución a la alegría fingida, ni fingir alegría, que no sientes, es la solución a la tristeza.
Gula Come, Traga 1001
Su siguiente parada fue el planeta de los extraterrestres comelones, un mundo llamado Gula Come, Traga 1001. En aquél mundo todo podía comerse, las casitas estaban hechas de galletas, los árboles de la calle daban caramelos, todo el mobiliario urbano debía ser repuesto a menudo pues los bancos, las señales de tráfico, las aceras, todo se podía comer y estaba sabroso. Los extraterrestres de aquí eran unas enormes bolas con lorzas, que les colgaban unas sobre otras, con una boca que ocupaba todo su rostro. Se llamaban a sí mismos Come-traga. Tenían patitas cortas y rechonchas que apenas les permitían moverse. Pero lo más curioso eran sus ojos: diminutos y muy juntos, porque apenas los usaban para mirar; solo los necesitaban para localizar la siguiente comida. Olfateaban constantemente.
—¡Cómelo todo! —le animaron a Nogi—. ¡Comer es lo único que importa!
Nogi, que no podía comer chuches a menudo, se sintió abrumado. Vio a un Come-traga pequeño que estaba a punto de reventar, pero seguía comiendo.
—¿Por qué no paras? —le preguntó Nogi.
El pequeño Come-traga, que era de un color naranja brillante por tanto caramelo, respondió con voz temblorosa:
—Porque tengo miedo de no tener suficiente después. Mi abuelo siempre decía que nunca se sabe si llegará la próxima comida. Y además es que ¡tengo hambre!
Nogi vió una fuente que daba helados de tres bolas, pero había perdido el apetito, entendió que el exceso no era mejor que la escasez. Les habló de la importancia de moderarse y de disfrutar la comida sin ansiedad. Les dijo que moderarse requería un gran esfuerzo, pero valía la pena. Algunos Come-traga, los más jóvenes, lo escucharon y decidieron que se esforzarían para no comer tanto, ni todo el tiempo. Los Come-traga aprendieron a usar sus pequeños ojos para ver a los demás y sus enormes bocas para hablar más y empezaron a tener tiempo para jugar, pasear, leer o hacer muchas otras actividades.
Nogi reflexionó que el problema no era comer, sino el miedo a la improbable falta de comida, pues en aquél mundo en el que la comida sobraba todos tenían miedo a no tener suficiente, y también aprendió que el miedo convertía el mundo en una prisión y más importante aún: que tener un helado de tres bolas no te garantiza la felicidad.
Cuerpo Un, dos, trex
Luego visitó el planeta del culto al cuerpo, un mundo llamado Cuerpo Un, dos, trex. Los extraterrestres de aquí eran los musculitos. Tenían cuerpos de acero bruñido, habían desarrollado unos músculos tan marcados que parecían esculpidos en roca. Pero sus cabezas cúbicas eran desproporcionadamente pequeñas, casi como un dado encima de un cuerpo de gigante. Carecían de cuello, por lo que sus ojitos diminutos miraban siempre al frente, hacia la meta. Tenían fuertes brazos y piernas, que les permitían dar grandes zancadas, incluso saltos imposibles. Se retaban continuamente, poseídos de un feroz instinto competitivo. "Te apuesto a que llego primero" parecía ser su frase favorita. Su piel era brillante y saludable, pero sus ojos... sus ojos estaban vacíos, sin brillo, sin curiosidad. No leían, no pensaban, no hacían preguntas. Eran como hermosas estatuas que podían correr y saltar, pero que no sabían por qué lo hacían.
—¿Ganar es lo único que importa? —preguntó Nogi, agotado solo de verlos.
Un "musculito", sudoroso y sin aliento, le respondió mientras levantaba una pesa superpesada.
—¡Claro! ¡Si no ganas, no puedes ganar! ¡El cuerpo cuenta!
Nogi los observó y vio a un musculitos que siempre llegaba último y que parecía muy triste. Se acercó a él.
—¿Te gusta competir? —le preguntó.
El musculitos negó con su pequeña cabeza.
—No, pero no puedo hacer otra cosa. Todos me dicen que debo ser el mejor. Mis brazos son fuertes, pero no tanto como los de ellos.
Nogi les propuso un juego sin ganadores, un juego cooperativo donde tenían que usar sus pequeñas cabezas para resolver acertijos. Al principio se resistieron, pero cuando vieron lo divertido que era construir algo juntos, se relajaron y rieron sin preocuparse por el primer puesto. Fue entonces cuando Nogi observó algo que le llamó la atención. Los musculitos que solo se habían dedicado a entrenar, los que tenían los músculos más enormes, eran incapaces de resolver el más simple de los acertijos. No había alegría en sus ojos.
"Cultivar el cuerpo está bien, pero si te olvidas de compartir, de cultivar el intelecto y de disfrutar con pequeñas cosas", pensó Nogi, "no serás más que un pedazo de carne con ojos". Se despidió de los musculitos, dejándoles esa idea escrita en un papél.
Sabiolandia 1.0
Después, su nave lo llevó al planeta de los Sabios, un mundo de bibliotecas infinitas llamado Sabiolandia 1.0. Los extraterrestres aquí eran los sabiondos. Tenían cabezas enormes, tan grandes que necesitaban ambas manos para sostenerlas, pobladas con venerables cabelleras y barbas grises, y sus cuerpos eran minúsculos, insignificantes, con brazos y piernas delgaditos como palillos. Sus ojos eran tan grandes como platos y tenían múltiples pupilas que se movían en direcciones diferentes, pudiendo leer varios libros a la vez. Hablaban con voz grave y pausada, y cada palabra iba acompañada de una nubecita de humo que contenía la esencia de su pensamiento.
—Lo sabemos casi todo —dijeron con arrogancia, moviendo sus cabezas con esfuerzo para mirar a Nogi.
Nogi, emocionado, les preguntó:
—Entonces, ¿por qué en mi mundo los mayores se gritan? ¿Por qué hay gente que roba a otra? ¿Por qué mi madre está triste?
Los sabiondos se quedaron en silencio. Sus múltiples pupilas se detuvieron. Sus antenas dejaron de vibrar.
—Eso no está en los libros —dijo uno, con voz temblorosa—. No tenemos respuesta para eso.
Nogi sonrió.
—Entonces no lo sabéis todo. El conocimiento no está solo en los libros, también está en hacer preguntas y en escuchar a los demás.
Los sabiondos, humillados, pero también curiosos, le pidieron que se quedara a enseñarles. Nogi se negó amablemente. Aún podía visitar otro planeta en los minutos que le quedaban antes de regresar.
Allí aprendió que lo importante no es tener todas las respuestas, sino hacerse las preguntas necesarias a medida que las dudas van surgiendo en tu camino.
Dándolo Toma, doy 2000
El último lugar que visitó fue "Dándolo Toma, doy 2000", el planeta de los "regala todo". En ese mundo lo que más escaseaba y a la vez abundaba era el papel de regalo. Los extraterrestres de aquí eran los regalados. Eran payasos danzantes luminosos. Sus manos eran alargadas y hábiles en envolverregalos. Y podían materializar objetos de luz para regalar. Cuanto más brillante era su luz, más podían dar. Cuando daban algo, su luz se intensificaba por un momento, pero luego se atenuaba ligeramente. Los más jóvenes eran pequeños destellos de colores, casi transparentes, mientras que los más ancianos tenían una luz intensa pero agitada, como una vela que se apaga. En ese planeta vivían muy poco, se hacían ancianos al cumplir los quince años, pues la energía con la que nacían y necesitaban para dar, se agotaba enseguida sin reponerla.
—¿Por qué dais tanto? —preguntó Nogi—. ¿No tenéis miedo de quedaros sin nada?
Un regalado, que brillaba con una luz dorada intensa, le respondió:
—Dar es nuestra razón de ser. Cuanto más das, más satisfacción obtienes. Dar no es perder, sino ganar.
Nogi observó cómo los regalados entregaban todo lo que tenían sin reservarse nada. Eran felices, sí, pero Nogi notó algo preocupante. Un regalado, el más anciano, estaba sentado en un rincón, solo, sin nada que ofrecer. Su luz se había vuelto tenue, casi apagada. Se había quedado sin nada. Había dado tanto que ya no le quedaba ni un poco de luz para sí mismo.
Nogi se acercó a él.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
El anciano regalado levantó su luz mortecina.
—Lo he dado todo —susurró—. Ahora ya no tengo nada. Ni siquiera un poco de luz para seguir brillando.
Entonces Nogi entendió dos cosas: Primero, dar es maravilloso, pero también hay que saber guardar algo para uno mismo. Si lo regalas todo, te quedas sin nada. El equilibrio, pensó, es la clave. No se trata de no dar todo a los demás, primero es uno mismo. Un poco de previsión es necesaria.
Segundo: darlo todo es malo, pues evitas que los demás trabajen por conseguir sus propios objetivos. No tener es el motivo para esforzarse y procurar.
Los regalados más jóvenes escucharon a Nogi, siguieron dando pero quedándose una parte sin llamarlo egoísmo, ahora muchos trabajaban para materializiar lo que necesitaban y su energía se recargaba. El mundo "Dándolo Toma, doy 2000" se volvió más justo y los regala todo disfrutarían de unas vidas más largas.
Allí aprendió que a veces dar a alguien todo lo que quiere, le hace daño en lugar de ayudarlo.
Nogi les dio las gracias y, con el corazón aún lleno de preguntas. pero con muchas de ellas respondidas, le pidió a la nave que lo llevara de vuelta a casa. Cuando aterrizó en el tejado de su edificio, el sol empezaba a salir. Bajó las escaleras silenciosamente y felíz, se metió en la cama.
El nuevo Nogi
Pero ya no era el mismo Nogi. Había visto mundos donde la felicidad era una obligación, la tristeza una condena, la comida una obsesión, la competición una enfermedad, el conocimiento un muro y la generosidad agotamiento. Cada planeta le había regalado una respuesta, una pieza de un rompecabezas enorme. Ahora entendía, por ejemplo, que la gente que se dedica solo al deporte sin cultivar la mente puede ser fuerte, pero no sabia. Y que dar sin medida puede ser tan peligroso como no dar nada. Había conocido a los happys, los tristosos, los come-traga, los musculitos, los sabiondos y los regalados. Cada uno le había enseñado algo diferente, pues todos los excesos son carencias.
Durante los días siguientes, Nogi no fue a contarle todo a su madre de una sola vez. En lugar de eso, las enseñanzas fueron brotando en pequeños momentos, como gotas de rocío.
Una tarde, vio a un hombre correr tan rápido que casi atropella a una anciana. Nogi pensó en los musculitos y murmuró para sí: "Corre muy rápido, pero quizá no sabe adónde va. Solo es un pedazo de carne con ojos".
Otro día, su amigo Kenji le regaló su merienda porque Nogi había olvidado la suya. Nogi aceptó, pero luego recordó al anciano regalado y le dijo:
—Kenji, eres muy generoso, pero no tienes que dar todo lo que tienes. Guarda la mitad para tí, no es bueno quedarse sin nada.
Kenji lo miró extrañado, pero sonrió y partió su merienda en dos mitades iguales.
Poco a poco, Nogi fue compartiendo con los demás pequeñas reflexiones. Una noche, mientras cenaban, Nogi dejó el tenedor y dijo:
—Mamá, creo que he entendido por qué a veces te pones triste. Es como en el planeta Oh, no!. La tristeza no es mala. A veces ayuda a que luego llegue la alegría. Y también creo que los adultos se enfadan porque se olvidan de reflexionar y de escuchar, como los sabiondos que solo leían libros sin compartir la vida real.
Su madre lo miró con sorpresa.
—¿Planeta Oh, no!, Nogi? ¿sabiondos? —preguntó, sonriendo—. ¿Qué sueños tan extraños tienes?
Nogi se encogió de hombros y sonrió con picardía.
—Sueños que me hacen pensar. Y eso está bien, ¿verdad?
—Sí, cariño —respondió su madre, besándole la frente—. Eso está muy bien.
Nogi no necesitaba explicarle todo su viaje. Lo importante era que ahora miraba el mundo con otra comprensión. El muñeco Daruma le había otorgado su deseo, lo tomó con respeto y, con el rotulador negro, le pintó el segundo ojo.
—Gracias, Daruma —susurró—. Cumpliste mi deseo. Viajé a las estrellas y aprendí muchas cosas. No tengo todas las respuestas, pero sé que las preguntas adecadas son el camino. Y sé también que la vida es un equilibrio que no consiste en soluciones definitivas ni extremas sino en comprender cada situación y tomarse tiempo para reflexionar y dar con la solución adecuada.
El Daruma, con sus dos ojos abiertos, pareció sonreírle. Nogi lo colocó en un lugar especial de su habitación, donde pudiera verlo cada mañana y recordar su viaje. Y aunque nadie supo nunca que había viajado a las estrellas, todos notaron que Nogi era diferente. Ya no se angustiaba con las preguntas. Las abrazaba. Y las convertía en pequeñas respuestas que hacían su mundo un poquito mejor.
Porque, como descubrió Niyuki Nogi, el universo es un lugar inmenso, y las preguntas, por muy pequeñas que parezcan, tienen el poder de cambiar el mundo. Y a veces, la respuesta más importante no está en un libro, sino que se descubre en las desventuras que nos ocurren, está en cada pregunta que nos atrevemos a hacer y en cada situación que nos permitimos compartir, escuchando y reflexionando.
Y colorín colorado, este cuento de preguntas ha llegado a su final. Pero recuerda: si alguna vez ves algo que no entiendes, si ves a un adulto perder los papeles, si no puedes tener lo mismo que otros, si ves a alguien triste, si oyes hablar de violencia, si no puedes comer todas las chuches que quieres, o si alguien te dice lo que tienes que creer, haz como Nogi: pregúntate por qué. No te quedes con lo que otros te imponen. Viaja tan lejos como tu imaginación te permita, si es preciso, hasta las estrellas para buscar tus propias respuestas.