Amazing Readings

Créditos

Título: Porfiao tú, porfiao yo
Autor: LoneSlone
Ilustradora: Ordnung
Fecha de publicación (v1.0): 20 Agosto 2026

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Un cuento del llano

Cantares de la mañana,

se oye el trino del jilguero.

Amanece en la sabana,

con el canto del llanero.

El sol se asoma radiante,

pintando el cielo de oro,

y la sabana elegante

luce su verde tesoro.

Se oye un siseo suave.

la vieja anaconda acecha.

y el viejo llanero sabe

que la muerte no tiene fecha.

Corta el machete el aire,

buscando al reptil artero,

pero huye con desaire

y el golpe no es certero.

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Dos flamencos hablan con la anaconda 3

—¿Y por qué te la pasas complicándote la vida, encaprichada con el cochino del viejo Demián Chaparro? Sabiendo que en este llano lo que sobra es comida: hay picures, pichones de cochino, cucharas, loros, garzas reales, conejos de monte... ¿Qué más quieres, chico?— graznó uno de los tococos.

—¡Y bien sabrosas que son las iguanas y los venaditos tiernos!— saltó el otro tococo, meneando la cola.

—Es que ustedes no saben que el viejo Demián Chaparro, el mentao "Caimán de Guasdualito", por poquito me vuela la cabeza de un solo machetazo— respondió la enorme anaconda, sibilina y enroscada en la rama.

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—¿Y qué de qué, pues?— intervino el mochuelo llanero, a quien mentaban "Sabelotodo", mirando fijamente desde lo alto de una acacia—. Esa es la costumbre del hombre de a caballo en esta tierra: dar machetazos a diestra y siniestra. ¿Y vas a dejar que esa pendejada te malogre la existencia? Si te dejas llevar por tonterías, tu solita te vas a empavar.

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—¿Y Ud. por qué se pasa el día en el monte, perdiendo el tiempo detrás de esa bicha, nooo me jo...?, en vez de estar pendiente de su conuco o acomodao en el zaguán, mirando el atardecer con un guamazo de aguardiente del gueno? —le soltó Eufrasio Martínez, mentao "El Fraile", a su compadre, el viejo Demián Chaparro, alias **El Caimán de Guasdualito**.

—¡Ah, caray, Eufrasio! Es que esa no es cualquier culebra. Ese pérfido me carga la contra, compadre; me tiene la pista puesta. Busca tragarse mis gallinas y al cochino Pacomelo, que es mi consentido.

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—Pero ese bicho se equivocó de nido—. Afirmó rotundo el viejo Demián. —Le v'ia sacar el cuero a ese demonio de ocho metros y se lo voy a vender bien caro a un comerciante de Caracas que siempre baja por estos rumbos buscando mercancía para su tienda en Chacaíto —dijo el legendario Caimán de Guasdualito, ajustándose el sombrero.

—Mire, compadre: el que siembra vientos cosecha tempestades. El odio no trae paz, sino pura amargura. Esa calentura del alma lo va a salar a usted mismo, porque ese animal solo sigue su instinto, no entiende de rencores. Déjelo quieto y no tiente al destino.

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Después de echarle unas yucas a su amigo, el cochino Pacomelo, el viejo Demián Chaparro peló por su machete y salió a merodear el infinito pantano.

En invierno, en el llano venezolano, son pocas las zonas que el agua no alcanza. Su odiada enemiga podía acechar desde cualquier parte.

Pero demasiado sabía Demián donde encontrarla: embelesada con Pacomelo, —nunca desiste la maldita,— pensó el viejo.

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Serafín Tragacochino, la enorme anaconda verde, también conocida como **El Enrollao**, permanecía oculta entre los juncos, pendiente de Pacomelo y de los movimientos de Demián.

Con cuidado, muy despacio, con ánimo belicoso, machete en alto se acercó pausado y lleno de inquina a Serafín Tragacochino, descargó con rabia, pero el machete se clavó en un palo lleno de algas verdes que el anciano caimán de Guasdualito había confundido con su némesis.

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Sin embargo, Tragacochino no andaba lejos. Justo detrás de él, siempre listo, empezó a abrazar al viejo Demián Chaparro. Este intentó quitárselo de encima por todos los medios, pero el machete seguía clavado en el palo, fuera de su alcance. Entonces, el enrollao hizo lo que mejor sabía: envolver a su presa y comprimirla con sus diez mil músculos, hasta que su inerme, indefensa y desvalida presa se rendía.

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Eufrasio Martínez, como todas las tardes fué al encuentro de su único amigo y vecino, al no encontrarlo se temió lo peor y pidió ayuda a la Guardia Nacional para buscarlo.

—Creo que hemos encontrado a Demián Chaparro—. Dijo uno de los guardias mirando la anaconda con una desproporcionada barriga.

Serafín Tragacochino vió al guardia, pero cargado como iba no pudo reptar, siendo blanco fácil para el machete del guardia.

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Rajaron su barriga y sacaron a Demián Chaparro, que por fin tuvo un atardecer tranquilo mientras era sepultado en aquella sabana que en vida no supo disfrutar.

La piel de la anaconda, con los hermosos colores que adquiría en invierno —cien mil verdes con contrapunto de manchas ovales negras—, jamás pudo ser admirada en su extensión, pues su calidad tentó a avispados comerciantes, quienes la fragmentaron para emplearla en bolsos, calzado, cinturones, carteras, correas de reloj y otros artículos de un lujo amoral para los amantes de la moda irresponsable.

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El mochuelo llanero, apodado Sabelotodo, testigo de la tragedia, aquella noche no ululó para acompañar el concierto de ranas, araguatos, aves nocturnas y grillos.

En la noche llanera, el búho meditaba:

—Le advertí a Serafín el enrollao que porfiar en metas banales sería su perdición. Si porfías, que sea en algo importante.

—Obcecarse con la venganza ofusca el juicio y nunca acaba bien. Pudo haber vivido dos vidas en lugar de empecinarse y perder.

——El viejo Serafín anaconda creía saberlo todo, pero su experiencia le engañaba. Hay gente que nunca diferencia lo fundamental de lo que su deseo le hace ver como urgente y principal.

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Fin

Gracias por leer

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