Don Prudencio era un cura, burgalés del siglo XVIII que vivía en el siglo XXI y se dedicaba a cazar y exorcizar Demonios nocturnos y súcubos, pero mayormente espíritus de la lujuria que se le presentaban como seres encarnados en el cuerpo de bellas mujeres de exagerada sexualidad y atormentaban al pobre cura.
Sus diabólicas artes no impresionaban a monseñor, su confesor, que lo reprendía con frecuencia: Prudencio sé prudente, tus fieles te necesitan para más altos propósitos, ¡Cuándo dejarás de perseguir súcubus y seres imaginarios?
Monseñor creía que la humanidad entera estaba sumida en una oscuridad moral y que todo sueño sexual era indeseable y muy peligroso para la salvación del alma. Veía esos sueños como un pecado, y los seres demoníacos como una proyección de la propia culpa.
Monseñor estaba seguro de que las relaciones sexuales fueran estas oníricas o ensoñaciones lúcidas, con estas entidades, podían llevar al deterioro del cuerpo y la psique e incluso a la muerte, como consecuencia de ceder a los deseos carnales del demonio interior con el que todos cargamos.
Además había observado que los encuentros con tales demonios tenían un fuerte impacto en el ánimo. Las víctimas experimentaban sentimientos de culpa, vergüenza y confusión, al no poder justificar cristianamente tales experiencias.
Estos demonios atacaban a quienes sufrían de miedos y deseos reprimidos, y su aparición era señal inequívoca de una lucha del alma entre el impuro deseo y el camino recto. Eso creía Monseñor Abad Saturnino.
Don Prudencio de Melgar de Fernamental, por su parte, no veía culpa en si mismo, y achacaba sus desvelos a seres reales que necesitaban el escarmiento del ritual exorcista, merecían su implacable persecución y probo esfuerzo cristiano.
Cada domingo, a los maitines, Prudencio acudía puntualmente a confesar sus pecados. Se arrodillaba ante Monseñor con un rosario de palosanto en las manos al que tenía gran aprecio por habérselo regalado su madre, mujer santa donde las hubiera. Las enormes cuentas de la madera discurrían con presteza entre sus dedos mientras cumplía sus devociones, resultando cada vez más pulidas bajo el constante roce humano; una caricia sin fin que socavaba la madera blanda, sacando a relucir el relieve de sus vetas.
El cura Prudencio no veía pecado en sus sueños de vigilia en los que tentadoras féminas ocupaban sus pensamientos. Y no lo eran; él solo era un joven sano que no sabía ni quería reprimir sus instintos en el grado que la liturgia le exigía. Era tan inocente el pobre Don Prudencio de Melgar de Fernamental que se empeñaba librar al mundo de cualquier indicio demoníaco en pos de una pureza, tan virginal que solo su candidez podía imaginar.
Pero no solo se confesaba sus muchos pecados, como lo eran la pereza de ir a misa, la gula, pues siempre quedaba hambriento en el refectorio o el defecto de no gustarle la higiene dental, cosa deplorable, pues como sabe toda persona de bien, la salud del cuerpo es imprescindible para la lozanía del alma.
También era Monseñor su consultor, pues el perfeccionista cura, en su excesivo celo, preguntaba a su Ilustrísima toda suerte de cosas, fueran estas tonterías o importantes reflexiones. Y he ahí que el cura oía voces, detalle este que en nada beneficiaba la percepción que Monseñor tenía del sencillo curita.
—Me pide que busque pan y queso, Vuestra Ilustrísima—, le decía Prudencio a Don Saturnino.
Monseñor achacaba las alucinaciones auditivas al hambre con el que el cura Prudencio convivía, según su propia confidencia.
—Me dice que se llama Antonio y que es mi amigo—, continuaba narrando el cura.
—Y yo lo busco por toda la vicaría, ¿sabe Ud.?— Monseñor Abad escuchaba armado de paciencia, los desvaríos del clérigo.
—Seas hombre, mujer o niño, ¿dónde estás Antoñin?—, decía el cura, con voz misteriosa, remedándose a sí mismo—. Pero no obtengo respuesta, más al rato si dejo de moverme, vuelvo a oírlo.
—Traeme un trozo de queso de la fresquera Prudente—, imitaba la voz de ultratumba el cura. —A veces me menta Prudencio y otras Prudente, ¿sabe usted Ilustrísima?.
Aquello había ido demasiado lejos. —Rece un rosario completo, sin saltarse nada, haciendo la señal de la cruz, rezando el credo, y las oraciones iniciales, luego los padrenuestros, las diez avemarías, un gloria y una jaculatoria por misterio, concluyendo con la Salve y las letanías. Completo— recalcó. Ah y haga gimnasia por las mañanas. Mucha gimnasia. mens sana in corpore sano— Y santiguándose rapidamente hizo un aspaviento de despedida para deshacerse del prete.
El padre Prudencio, se sintió injustamente tratado. —¡Madre mía!— exclamó para sus adentros. —¿Que habré hecho yo para merecer semejante penitencia?. ¿Gimnasia?, ¿gimnasia?, algo grave debo haber hecho.
La ración del refectorio había aumentado, eso sí. El cura Prudencio notó que a él le ponían una porción extra de queso que a los demás curas no les habían puesto, ni siquiera a los más viejos. También se sorprendió mucho cuando el lector de mesa desde el púlpito concluyó su lectura con un "Oremus pro fratre nostro, Patre Prudencio, ut Dominus ei gratiam perseverantiae, pacem animae, et robur in ministerio suo concedat" ("Oremos por nuestro hermano, el padre Prudencio, para que el Señor le conceda la gracia de la perseverancia, la paz del alma y la fortaleza en su ministerio"). Aquello olía a la mano de Monseñor.
Abatido Prudencio, se esmeró en sus quehaceres y cometidos cuanto pudo, rezó con fervor lo ordenado por su confesor incluso hizo toda la gimnasia matutina que pudo, aunque no fue mucha. Sin embargo las voces nocturnas no cesaron.
Con la linterna se paseaba por la vieja casa, escaleras arriba y abajo, rodeando la finca, repitiendo su fórmula: —Seas hombre, mujer o niño, ¿dónde estás Antoñin?—, hasta caer de nuevo en su catre extenuado.
El padre Prudencio llevaba ya tres semanas persiguiendo voces. Se levantaba con el alba, recorría los pasillos de la vicaría con su linterna de aceite, y se detenía en cada rincón donde creía oír un susurro. A veces, la voz parecía venir de la cocina; otras, del campanario. Pero la mayoría de las veces, venía de su propia celda, de detrás del armario de ropa o de las tablas del suelo.
Monseñor Abad Saturnino, que lo observaba con una mezcla de compasión y exasperación, había ordenado que le aumentaran la ración de queso. "Por si acaso", decía, "el hambre es mala consejera". Y aunque Prudencio no entendía la relación entre el queso y las voces, aceptaba el don con gratitud.
Una noche, cuando la luna estaba alta y la vicaría en silencio, Prudencio se despertó sobresaltado. La voz estaba allí, más clara que nunca, como si hablara desde debajo de su propio catre.
—Prudente, Prudente, ¿no oyes el hambre que tengo?
El cura se levantó, cogió la linterna y se arrodilló. Pasó la mano por el suelo de madera, palpando cada tabla, cada rendija. Y entonces lo sintió: una corriente de aire frío que escapaba de una de las tablas, justo al lado de la pata derecha de su cama.
—Aquí hay algo —murmuró.
Con la punta de su navaja, levantó la tabla con cuidado. No quería romperla. Era una tabla vieja, de madera de nogal, y pensó que tal vez podría volver a colocarla después.
Debajo, un espacio oscuro. Un escondite natural entre las vigas. Y allí, en el polvo, encontró una diminuta silla ingeniosamente hecha con una ramita y un poco de tela. Una tacita del tamaño de una moneda. Y un platito vacío, tan pequeño que cabía en la palma de su mano.
Pero lo realmente insólito era la nota. Estaba escrita en un papel tan pequeño que parecía un sello postal, pero con una caligrafía tan elegante que hasta el mismísimo Monseñor la habría alabado. Decía:
"Querido padre Prudencio: soy sus voces. No soy un fantasma, soy un ratón. Pero si usted insiste, acepto cualquier nombre que me quiera dar, con tal que me deje algo de queso."
Abajo, con preciosa letra, una rubrica: "Antoñin".
El padre Prudencio se quedó mirando la nota durante un largo rato. Primero sintió desconfianza. Luego, asombro. Y finalmente, una risa tan sonora que despertó al resto de los curas.
—¡Antoñin! —exclamó—. ¡Eres un ratón!
Y al decirlo, supo que ya no tendría que buscar más. La voz que lo había acompañado durante meses no era demonio, ni fantasma. Era un ratón con hambre.
A la mañana siguiente, el padre Prudencio colocó un trozo de queso en el platito vacío y volvió a poner la tabla en su sitio. Luego le confesó a Monseñor:
—Ilustrísima, he encontrado a Antoñin.
—¿Ah, sí? —dijo Monseñor, sin levantar la vista—. ¿Y quién era?
—Un ratón —respondió Prudencio, con una sonrisa que no podía ocultar—. Un ratón que escribe mejor que yo.
Monseñor Abad Saturnino levantó la vista. Lo miró fijamente durante unos segundos. ¿Un ratón?— preguntó, dudando de la lucidez del padre Prudencio. Pero, pensándolo mejor, si el padre prudencio creía en algo tan inocente como un ratón escritor, ¿quien era él para llevarle la contraria?. y por primera vez en muchos años, esbozó una sonrisa.
—Pues entonces —dijo—, dale gracias a Dios por revelarte el misterio. Y no olvides el queso.
El padre Prudencio salió del confesionario optimista, con el alma ligera. Aquella noche, cuando se acostó, no oyó ninguna voz. Aún así dejó un trozo de queso sobre la mesa, al lado de un papel, una plumita y un tintero diminuto diminuto, por si acaso Antoñin quería escribirle otra carta.
También dejó su propia nota: "Antoñin, me encantaría conocerte y que me enseñaras a escribir con una caligrafía tan hermosa como la tuya. ¿Qué más sabes hacer?, ¿juegas al ajedrez?, ¿crees en Dios?, ¿te ha gustado el queso que te dejé?, es de las cabras del tió Ventolín que tu conocerás, son gordas y criadas con mimo." firmaba "Prudente".